| ¿Que
hacer frente a la emergencia cafetalera?

Por
una solución
a la crisis de los plantones
Las
soluciones viables, realistas y relativamente
menos costosas para el país pasan por
facilitar la siembra de granos a aquellos trabajadores
que anteriormente eran obreros permanentes que
no tienen tierras propias, y por potenciar la
economía de patio, tanto entre empleados
como desempleados en los municipios afectados.
Eduardo
Baumeister
En
estos días los periódicos informan
sobre la difícil situación alimentaria
de algunos municipios del departamento de Matagalpa,
fundamentalmente en El Tuma La Dalia y San Ramón,
donde existen de manera organizada, y desde hace
meses, plantones de pobladores que requieren ayuda,
ante la reducción del empleo en la actividad
cafetalera.
Se
han iniciado de manera parcial acciones de apoyo
mediante ayuda alimentaria, medicamentos, ropa,
pero no se ha visualizado aún una solución
relativamente sostenible para un grupo importante
de familias que se sustentaban en los salarios
ganados en las actividades permanentes del café
y que en la actualidad no pueden ser contratados
por la iliquidez de los empresarios.
Hay
varias aristas para enfrentar el problema: desde
el apoyo subsidiado a los empresarios cafetaleros
para que puedan impulsar las labores habituales
del cultivo, hasta el desarrollo de nuevos rubros
más rentables que el café en las
actuales circunstancias de caída abrupta
del precio en el mercado internacional.
Las
soluciones viables, realistas y relativamente
menos costosas para el país pasan por facilitar
la siembra de granos a aquellos trabajadores que
anteriormente eran obreros permanentes que no
tienen tierras propias, y por potenciar la economía
de patio, tanto entre empleados como desempleados
, y pobladores rurales en general en los municipios
afectados.
La
ayuda alimentaria debe ser vista como un instrumento
temporal que sirva para aliviar la situación
extremadamente precaria de las familias. Mediante
el acceso a la tierra con su propio esfuerzo,
reforzado con semillas e insumos y el apoyo con
animales de granja, ellos podrían generar
sus propios alimentos básicos, y, eventualmente,
algunos ingresos adicionales. Todo esto debería
desarrollarse de manera individual, evitando formas
colectivas de producción.
Las
soluciones deberían adecuarse a las posibilidades
de cada finca y de las comarcas cercanas, combinando
distintas modalidades: i) reactivación
de fincas cafetaleras viables; ii) apoyo a las
parcelas o los patios que las familias de trabajadores
ya tienen en sus propios solares; iii) desarrollo
de áreas dentro de las fincas con apoyo
de los empresarios cafetaleros y el soporte adicional
del Estado, la cooperación externa y la
sociedad civil; iv) utilización de fincas
abandonadas para siembras de granos básicos
sobre la base de parcelas individuales para antiguos
trabajadores de esas fincas.
Un
punto de partida para analizar la magnitud que
puede tener el tema de la falta de alimentos en
importantes sectores de la población rural
de los municipios cafetaleros, se logra observando
los resultados recientemente disponibles del Censo
Agropecuario levantado en el 2001, y vincularlos
con otros datos sociales.
El
impacto en los municipios
En
el municipio de El Tuma-La Dalia se consigna un
área de 15,878 manzanas de café,
2967 productores, y el Censo también informa
que las fincas tenían en el año
2000-01 5,869 asalariados permanentes; a su vez
se puede estimar para mediados del 2002 que habitaban
en el municipio unas 9,399 familias en la zona
rural.
Esto
significa que cerca del 62 por ciento de las familias
rurales de ese municipio tenían algun miembro
de su población activa laborando como asalariados
permanentes, y teniendo en cuenta las actividades
del municipio, el grueso de los mismos lo hacía
en fincas cafetaleras. En segundo lugar, en promedio,
se puede estimar que de las 9,399 familias rurales,
el 31.5 por ciento de las familias rurales, tienen
algún acceso a la tierra. En pocas palabras,
cerca de 2/3 de las familias rurales tenían
algún miembro como asalariado permanente
en el café, y 1/3 de esas familias tiene
un acceso directo a la tierra, ya sea como propietarios
o arrendatarios.
Esta
disparidad nos permite entender que al ampliarse
el desempleo de trabajadores permanentes en las
fincas cafetaleras, buena parte de esos 2/3 de
familias dependientes de ingresos generados en
el trabajo asalariado permanente, han caído
en una situación de mayor precariedad.
En
el municipio de San Ramón se observa un
fenómeno similar, pero aún más
acentuado: cerca del 75 por ciento de las familias
tenían en promedio algún trabajador
agrícola permanente, y sólo el 38
por ciento de las familias rurales tienen un acceso
directo a la tierra. Una situación diferente
se observa en los municipios de El Cua-Bocay o
en Wiwilí.
En
el caso del municipio de Jinotega nos encontramos
con los datos mas preocupantes, independientemente
de que no existen indicios de movilizaciones y
plantones. Allí casi todas las familia
rurales del municipio tenían algún
asalariado permanente, y sólo un poco más
de un tercio tiene acceso directo a la tierra.
Informaciones recogidas indican que en este municipio
las fincas cafetaleras de mayor dimensión
están facilitando las siembras de granos
básicos para contribuir a disminuir esa
profunda brecha entre las familias que dependían
de los ingresos de asalariados permanentes y que
no tienen acceso a la tierra de manera directa.
Las
imágenes sociales presentadas nos permiten
comprobar la magnitud de los problemas que atraviesan
las familias de los municipios cafetaleros, particularmente
entre las familias que habiendo perdido los ingresos
de algún miembro que trabajaba permanentemente
en una finca cafetalera, carece del respaldo de
consumo proveniente de una parcela de autoconsumo
de granos básicos y animales.
En
la medida en que la crisis cafetalera sea prolongada,
es necesario pensar en mecanismos que permitan
que los antiguos trabajadores permanentes que
no pueden trabajar resuelvan por su propio esfuerzo
la obtención se sus alimentos y otros ingresos
basicos. Esto supone apoyar a aquellas familias
de esos trabajadores que ya tienen algún
acceso a la tierra, o a las economias de patio
que pueden mejorar. Y hay que diseñar mecanismos
para que las familias que no tienen acceso a la
tierra puedan hacerlo y generar por lo menos el
fondo de consumo básico.
De
lo anterior se desprende que las estructuras rurales
con un acceso relativamente mayoritario a la tierra
(aunque sea en muy pequeña escala) tienen
mayor viabilidad para enfrentar problemas de pobreza,
y de oscilaciones en los precios, que otras en
las que ha predominado esquemas de plantación
monocultivistas sin acceso a la tierra a los trabajadores
asalariados.
En
consecuencia, al tiempo que se pueden impulsar
nuevos ejes de producción, que maduren
en el mediano plazo, es prioritario impulsar estos
esquemas de producción de alimentos por
la vía de formas individuales, sencillas,
que descansen en el esfuerzo y creatividad de
las propias familias.
Las
economías de patio o las parcelas de granos
básicos no deberían verse como un
nuevo eje de desarrollo para el agro, pero si
como un requisito ineludible en el corto plazo,
y más bien un complemento que no es antagónico
a cualquier desarrollo más intensivo en
capital que pueda darse en el futuro inmediato.
Asi mismo, el esquema de facilitar tierras a los
obreros desempleados por parte de las fincas más
grandes, basado en acuerdos solidarios, es camino
más efectivo para enfrentar la crisis actual.

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