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Doña
Gertrudis, la grande
Soy
humilde, sacrificada, esforzada y pobre, como
todos los nicaragüenses
Cuando
no estoy en el juzgado estoy limpiando mi casa,
haciendo la comida, las mujeres nunca descansamos,
sólo cambiamos de lugar de trabajo
Ya
me sentía cansada y creí que no
lo iba a lograr. Entonces me bañé
para darme mejores ideas, me mudé, me
relajé y volví a trepar
Me
preguntan si me tembló la mano al firmar
la sentencia. Y no. Yo actué normal,
como siempre
Mildred
Largaespada
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| Gertrudis
Arias |
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No
sé de dónde le nació a la
gente tanto de mí. Hasta me pusieron como
un Caupolicán. Pienso, tal vez, que por
mi físico, o mi forma de ser, la gente
se identificó. Se dio cuenta inmediatamente
que soy uno de ellos, que vengo de abajo, que
no soy puesta porque soy hijita de papá,
o porque tengo un magistrado que sea mi amigo,
que sea mi amante, que sea mi familia, o argolla,
pues, un padrino. Tal vez sea eso lo que le despierte
a la gente ese sentimiento de humildad y pobreza.
No vieron en mí, tal vez, la prepotencia,
o lo que puedan tener las personas poderosas.
Sencillamente vieron a una simple trabajadora,
dedicada a salir adelante con las tareas que se
le encomiendan. Más nada.
Soy
pobre, porque dependo de un salario, si no trabajo
no como. No tengo negocios no tengo otro ingreso,
más que mi trabajo de secretaria de actuaciones.
Como juez suplente, a mí no se me paga,
sólo el día que asumo como juez
suplente.
La mayoría de los nicaragüenses nos
caracterizamos por ser gente humilde, esforzada,
sacrificada, pobre. Estoy segura que a cualquier
otro nicaragüense al que se le dé
la oportunidad lo hace. Dio la casualidad que
estuve allí, y estoy aquí por la
trascendencia de la causa, no por ser yo.
Grande,
grande es doña Gertrudis Arias Gutiérrez,
enorme su acto de justicia, sencilla su determinación
de jueza Yo me apegué a Derecho,
aclara. Rasgados ojos náhualts que
preguntaron ¿quién es el culpable
de tanto desastre? Quizás sea su manera
de mirar, lo que insistió en ver, lo que
ha provocado la reacción jubilosa de los
nicaragüenses. Esa mirada que sostienen sus
pómulos como pedestales. No son unos pómulos
cualquiera, de hueso antiguo deben ser para soportar
tanta mirada. En sus ojos largos tardan más
en llegar las niñas de una punta hasta
la otra y quizá esa distancia recorrida
lentamente es la que provoca inquietud, pues tarda
más una en saber lo que van a decir sus
ojos.
Ancha
la espalda, peso pesado tenía que ser para
enfrentar a la más enorme de las injusticias
que es quitarle a los seres humanos las esperanzas.
A veces, sólo a veces, la historia provoca
situaciones como estas casualidad,
le dice ella en las que en una especie de
big bang se crea un universo especial, uno en
el que la enormidad de los delitos se enfrenta
con la rotundez de una persona que decide tocarle
el corazón a las leyes para despertarlas
y hacerlas sentir que están vivas.
Su
marido Julio César Munguía, su hijo
Luis Enrique (20 años), su hija Mariel
(16) y su hermana Maritza, de tantísimo
parecido físico con ella, reciben con sonrisas
y con un muchas gracias las noticias,
los ramos de flores, los elogios, los piropos,
los besos y los abrazos de felicitación
y reconocimiento. Estamos en su casa, intentando
que la entrevista se convierta en una conversación
distendida, pero un agente policial que vigila
afuera desde hoy y hasta que sea necesario,
dice el Subcomisionado, nos recuerda que
esta mujer ha hecho algo importante, tanto como
para resguardarle la vida con policías
armados.
Hace
pocas horas doña Gertrudis firmó
la sentencia histórica. Pasó
la noche despierta animando el estómago
con unos meneítos y café negro.
En una computadora remendada con esparadrapo redactó
la sentencia. Estamos en el después
de su actuación. Queremos saber el durante,
pero sobre todo el antes de haber
rubricado ese papel. No se conocen antecedentes
políticos de Gertudris Arias, ni del origen
de sus convicciones. Fuentes políticas
aseguran que durante los años 80 trabajó
en una sección administrativa del extinto
Ministerio del Interior, aunque ella lo niega
y asegura que estuvo dedicada a labores de comerciante,
entre otras.
Doña
Gertrudis, con tantas nicaragüenses ilusiones
sobre sus espaldas, menos mal que tiene piernas
capaces de soportar la carga. Las piernas de Gertrudis
tienen músculos perseguidores de pruebas
documentales, son piernas ágiles que asumieron
el desafío de ir hasta donde los que no
quisieron venir. Estoy segura, observándole
las piernas, que aun sin automóvil que
la llevara hasta Los Chiles, las piernas de doña
Gertrudis habrían aguantado la maratón
que supuso llegar hasta el lugar en busca del
fuego robado.
Fueron
diez días bien jalados, dicen en
el juzgado. Parece mentira, pero así
fue: ya me sentía cansada y creí
que no lo iba a lograr. Yo sabía que el
término lo tenía encima, eran las
seis de la mañana, lo tenía en la
computadora, tratando de montar los elementos,
redactarlo. Me fui a bañar para darme mejores
ideas sobre cómo concluir. Y así
lo hice, me bañé, me mudé,
me calmé, me relajé y volví
a trepar, lo concluí, relata los
últimos minutos de su trabajo.
En
su traje negro, sobre su solapa, doña Gertrudis
se adornó con un prendedor: es la figura
de un pequeño bufón vestido de azul.
En sus manos largas y huesudas, un anillo en el
dedo anular. Un reloj de pulsera y aretes pequeños
en las orejas. El cabello recogido con dos trabas.
Tacones altos.
Vive
en el barrio Venezuela frente a una parada de
buses. Pero tan enfrente, que la puerta de la
casa está situada a menos de cinco metros
de la parada y centímetros más allá
el asfalto hirviente de Managua. Los ruidos de
los motores y los gritos de ¡jálelo!
cada seis minutos impiden escuchar las palabras.
La sala de la casa es amplia y tiene por adorno
cuatro mecedoras y un gran espejo con marco esprayado
en color dorado. Un televisor RCA. El techo sin
cielo raso. Se nota que el piso no conoce a las
máquinas de pulir. Es un piso limpio a
punta de mecha de lampazo, faena que doña
Gertrudis ejerce.
Nosotros
no tenemos entretenimiento. Sencillamente cuando
no estoy en el juzgado estoy en mi casa y soy
ama de casa. Esto es limpiar el piso, mantener
limpia la casa, lavar el baño, lavar los
trastes, hacer la comida, ir al mercado, estar
pendiente de las tareas de los que estudian, lavar
ropa, todo lo que una tiene que hacer. Yo considero
que como mujeres nunca descansamos, sólo
cambiamos de lugar de trabajo. A mí no
me gustan ninguna de las tareas domésticas,
lo hago por necesidad. De mi parte mejor estuviera
buscando cómo estudiar otra carrera.
Yo
nací allá donde ahora es residencial
Bolonia, que antes era un barrio. Allí
me crié y aquí vivo desde hace 40
años. Yo nací con partera, mi mamá
tenía a sus hijos en su casa con parteras.
En aquella época era así.
¿Se
bañaba en la laguna de Tiscapa?
Allí
íbamos a lavar. Con mi mamá bajábamos
con los motetes de ropa y después trepábamos
por la tarde con los motetes. Es bastante inclinado,
pero cuando uno es chavala tiene todas las energías.
Si me voy ahorita allí y trato de trepar,
quién sabe. En esos barrios no había
agua potable, allí lavábamos, secábamos,
nos bañábamos.
¿Desde
qué edad trabaja usted?
Desde
los 14 o 15 años, pero en labores menores.
A los 17 o 18 años comencé a trabajar
en fábricas textileras de pantalones, de
ropas interiores. Y después trabajé
en una planta de mariscos. Recuerdo que la gente
nos humillaba.
Era,
el año del hambre, digo yo, fue allá
por el 77, que no había empleos y era el
único lugar donde nos habían dado
a mis hermanos y a mí (trabajo). Cuando
salíamos, salíamos hediondos a pescado
y ni siquiera nos querían montar en el
bus, pero aún así uno se iba acostumbrando
al mal olor que despedía, después
se me olvidó. Éramos jóvenes,
a cualquiera creo que le da pena sentirse con
mal olor, pero la necesidad es así, cuando
uno viene esforzándose.
¿Usted
siente que se ha esforzado mucho en su vida?
Yo
digo que sí, y me siento muy orgullosa
por ello. Porque lo que tengo, lo que sé,
y los principios que a uno le enseñaron
los padres, la honestidad, la honradez, el respeto
al derecho ajeno, el estudio, que es la única
herencia que los padres pobres como ellos es lo
único que nos pueden dejar.
No
me afrento de la vida que he llevado, más
bien siento que los golpes de la vida me han servido,
tal vez por eso sea decidida. No tengo temor a
nada, no le tengo temor al poderoso. Me preguntan
si me ha temblado la mano para firmar la sentencia.
Y no. Yo he actuado normal como siempre. Como
siempre he llegado a asumir el Juzgado Segundo,
como en otros casos menos relevantes, más
relevantes.
¿En
qué trabajó durante los años
80?
Anduve
al garete. Trabajaba por mi cuenta como comerciante,
porque los trabajos no estaban a la orden del
día. Varias cosas: lavé botellas
allá por el Colonial, trabajé de
doméstica en Costa Rica, pero me regresé
porque los 80 colones, una miseria, no compensaban
la separación de la familia. Me contrataron
de manera informal en el Ministerio de Relaciones
Exteriores. Allí fue donde empecé
a estudiar, en el tiempo cuando salió el
proyecto de estudiar por encuentros los sábados.
Le
han preguntado varias veces a Gertrudis si ha
sentido miedo. Y ella repreguntó Miedo,
¿Por qué?. Nadie le contesta
su pregunta. Da la impresión de que ella
no entiende esa pregunta, pero tampoco nadie se
la explica. Probablemente las caderas de doña
Gertrudis tengan la respuesta. Las caderas de
las mujeres no son anchas por puro gusto, lo son
para crear el espacio donde se incuba la nueva
vida, lo son para asirse en los momentos de la
desesperación amorosa, y también
lo son para que los niños y las niñas
se protejan detrás de ellas. Las caderas
de doña Gertrudis tienen la suficiente
dimensión para que los huérfanos
de justicia las busquemos para guarecernos.

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