SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS | AÑO 6| No.283| DEL 24 AL 30 DE MARZO DE 2002
Invitada de la semana

Doña Gertrudis, la grande

“Soy humilde, sacrificada, esforzada y pobre, como todos los nicaragüenses”

“Cuando no estoy en el juzgado estoy limpiando mi casa, haciendo la comida, las mujeres nunca descansamos, sólo cambiamos de lugar de trabajo”

“Ya me sentía cansada y creí que no lo iba a lograr. Entonces me bañé para darme mejores ideas, me mudé, me relajé y volví a trepar”

“Me preguntan si me tembló la mano al firmar la sentencia. Y no. Yo actué normal, como siempre”

Mildred Largaespada

 
Gertrudis Arias  

“No sé de dónde le nació a la gente tanto de mí. Hasta me pusieron como un Caupolicán. Pienso, tal vez, que por mi físico, o mi forma de ser, la gente se identificó. Se dio cuenta inmediatamente que soy uno de ellos, que vengo de abajo, que no soy puesta porque soy hijita de papá, o porque tengo un magistrado que sea mi amigo, que sea mi amante, que sea mi familia, o argolla, pues, un padrino. Tal vez sea eso lo que le despierte a la gente ese sentimiento de humildad y pobreza. No vieron en mí, tal vez, la prepotencia, o lo que puedan tener las personas poderosas. Sencillamente vieron a una simple trabajadora, dedicada a salir adelante con las tareas que se le encomiendan. Más nada”.

“Soy pobre, porque dependo de un salario, si no trabajo no como. No tengo negocios no tengo otro ingreso, más que mi trabajo de secretaria de actuaciones. Como juez suplente, a mí no se me paga, sólo el día que asumo como juez suplente.

La mayoría de los nicaragüenses nos caracterizamos por ser gente humilde, esforzada, sacrificada, pobre. Estoy segura que a cualquier otro nicaragüense al que se le dé la oportunidad lo hace. Dio la casualidad que estuve allí, y estoy aquí por la trascendencia de la causa, no por ser yo”.

Grande, grande es doña Gertrudis Arias Gutiérrez, enorme su acto de justicia, sencilla su determinación de jueza —”Yo me apegué a Derecho”, aclara—. Rasgados ojos náhualts que preguntaron ¿quién es el culpable de tanto desastre? Quizás sea su manera de mirar, lo que insistió en ver, lo que ha provocado la reacción jubilosa de los nicaragüenses. Esa mirada que sostienen sus pómulos como pedestales. No son unos pómulos cualquiera, de hueso antiguo deben ser para soportar tanta mirada. En sus ojos largos tardan más en llegar las niñas de una punta hasta la otra y quizá esa distancia recorrida lentamente es la que provoca inquietud, pues tarda más una en saber lo que van a decir sus ojos.

Ancha la espalda, peso pesado tenía que ser para enfrentar a la más enorme de las injusticias que es quitarle a los seres humanos las esperanzas. A veces, sólo a veces, la historia provoca situaciones como estas —”casualidad”, le dice ella— en las que en una especie de big bang se crea un universo especial, uno en el que la enormidad de los delitos se enfrenta con la rotundez de una persona que decide tocarle el corazón a las leyes para despertarlas y hacerlas sentir que están vivas.

Su marido Julio César Munguía, su hijo Luis Enrique (20 años), su hija Mariel (16) y su hermana Maritza, de tantísimo parecido físico con ella, reciben con sonrisas y con un “muchas gracias” las noticias, los ramos de flores, los elogios, los piropos, los besos y los abrazos de felicitación y reconocimiento. Estamos en su casa, intentando que la entrevista se convierta en una conversación distendida, pero un agente policial que vigila afuera —”desde hoy y hasta que sea necesario”, dice el Subcomisionado—, nos recuerda que esta mujer ha hecho algo importante, tanto como para resguardarle la vida con policías armados.

Hace pocas horas doña Gertrudis firmó la sentencia “histórica”. Pasó la noche despierta animando el estómago con unos meneítos y café negro. En una computadora remendada con esparadrapo redactó la sentencia. Estamos en el “después” de su actuación. Queremos saber el “durante”, pero sobre todo el “antes” de haber rubricado ese papel. No se conocen antecedentes políticos de Gertudris Arias, ni del origen de sus convicciones. Fuentes políticas aseguran que durante los años 80 trabajó en una sección administrativa del extinto Ministerio del Interior, aunque ella lo niega y asegura que estuvo dedicada a labores de comerciante, entre otras.

Doña Gertrudis, con tantas nicaragüenses ilusiones sobre sus espaldas, menos mal que tiene piernas capaces de soportar la carga. Las piernas de Gertrudis tienen músculos perseguidores de pruebas documentales, son piernas ágiles que asumieron el desafío de ir hasta donde los que no quisieron venir. Estoy segura, observándole las piernas, que aun sin automóvil que la llevara hasta Los Chiles, las piernas de doña Gertrudis habrían aguantado la maratón que supuso llegar hasta el lugar en busca del fuego robado.

“Fueron diez días bien jalados”, dicen en el juzgado. “Parece mentira, pero así fue: ya me sentía cansada y creí que no lo iba a lograr. Yo sabía que el término lo tenía encima, eran las seis de la mañana, lo tenía en la computadora, tratando de montar los elementos, redactarlo. Me fui a bañar para darme mejores ideas sobre cómo concluir. Y así lo hice, me bañé, me mudé, me calmé, me relajé y volví a trepar, lo concluí”, relata los últimos minutos de su trabajo.

En su traje negro, sobre su solapa, doña Gertrudis se adornó con un prendedor: es la figura de un pequeño bufón vestido de azul. En sus manos largas y huesudas, un anillo en el dedo anular. Un reloj de pulsera y aretes pequeños en las orejas. El cabello recogido con dos trabas. Tacones altos.

Vive en el barrio Venezuela frente a una parada de buses. Pero tan enfrente, que la puerta de la casa está situada a menos de cinco metros de la parada y centímetros más allá el asfalto hirviente de Managua. Los ruidos de los motores y los gritos de “¡jálelo!” cada seis minutos impiden escuchar las palabras. La sala de la casa es amplia y tiene por adorno cuatro mecedoras y un gran espejo con marco esprayado en color dorado. Un televisor RCA. El techo sin cielo raso. Se nota que el piso no conoce a las máquinas de pulir. Es un piso limpio a punta de mecha de lampazo, faena que doña Gertrudis ejerce.

“Nosotros no tenemos entretenimiento. Sencillamente cuando no estoy en el juzgado estoy en mi casa y soy ama de casa. Esto es limpiar el piso, mantener limpia la casa, lavar el baño, lavar los trastes, hacer la comida, ir al mercado, estar pendiente de las tareas de los que estudian, lavar ropa, todo lo que una tiene que hacer. Yo considero que como mujeres nunca descansamos, sólo cambiamos de lugar de trabajo. A mí no me gustan ninguna de las tareas domésticas, lo hago por necesidad. De mi parte mejor estuviera buscando cómo estudiar otra carrera.”

“Yo nací allá donde ahora es residencial Bolonia, que antes era un barrio. Allí me crié y aquí vivo desde hace 40 años. Yo nací con partera, mi mamá tenía a sus hijos en su casa con parteras. En aquella época era así”.

¿Se bañaba en la laguna de Tiscapa?

“Allí íbamos a lavar. Con mi mamá bajábamos con los motetes de ropa y después trepábamos por la tarde con los motetes. Es bastante inclinado, pero cuando uno es chavala tiene todas las energías. Si me voy ahorita allí y trato de trepar, quién sabe. En esos barrios no había agua potable, allí lavábamos, secábamos, nos bañábamos”.

¿Desde qué edad trabaja usted?

“Desde los 14 o 15 años, pero en labores menores. A los 17 o 18 años comencé a trabajar en fábricas textileras de pantalones, de ropas interiores. Y después trabajé en una planta de mariscos. Recuerdo que la gente nos humillaba.

Era, el año del hambre, digo yo, fue allá por el 77, que no había empleos y era el único lugar donde nos habían dado a mis hermanos y a mí (trabajo). Cuando salíamos, salíamos hediondos a pescado y ni siquiera nos querían montar en el bus, pero aún así uno se iba acostumbrando al mal olor que despedía, después se me olvidó. Éramos jóvenes, a cualquiera creo que le da pena sentirse con mal olor, pero la necesidad es así, cuando uno viene esforzándose”.

¿Usted siente que se ha esforzado mucho en su vida?

“Yo digo que sí, y me siento muy orgullosa por ello. Porque lo que tengo, lo que sé, y los principios que a uno le enseñaron los padres, la honestidad, la honradez, el respeto al derecho ajeno, el estudio, que es la única herencia que los padres pobres como ellos es lo único que nos pueden dejar.

No me afrento de la vida que he llevado, más bien siento que los golpes de la vida me han servido, tal vez por eso sea decidida. No tengo temor a nada, no le tengo temor al poderoso. Me preguntan si me ha temblado la mano para firmar la sentencia. Y no. Yo he actuado normal como siempre. Como siempre he llegado a asumir el Juzgado Segundo, como en otros casos menos relevantes, más relevantes”.

¿En qué trabajó durante los años 80?

“Anduve al garete. Trabajaba por mi cuenta como comerciante, porque los trabajos no estaban a la orden del día. Varias cosas: lavé botellas allá por el Colonial, trabajé de doméstica en Costa Rica, pero me regresé porque los 80 colones, una miseria, no compensaban la separación de la familia. Me contrataron de manera informal en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Allí fue donde empecé a estudiar, en el tiempo cuando salió el proyecto de estudiar por encuentros los sábados”.

Le han preguntado varias veces a Gertrudis si ha sentido miedo. Y ella repreguntó “Miedo, ¿Por qué?”. Nadie le contesta su pregunta. Da la impresión de que ella no entiende esa pregunta, pero tampoco nadie se la explica. Probablemente las caderas de doña Gertrudis tengan la respuesta. Las caderas de las mujeres no son anchas por puro gusto, lo son para crear el espacio donde se incuba la nueva vida, lo son para asirse en los momentos de la desesperación amorosa, y también lo son para que los niños y las niñas se protejan detrás de ellas. Las caderas de doña Gertrudis tienen la suficiente dimensión para que los huérfanos de justicia las busquemos para guarecernos.

 

 
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