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La
dolorosa transición
de Argentina
Norma
Domínguez*
Buenos
Aires. Marzo puede deparar sorpresas para Argentina,
que sigue sin poder resolver sus problemas políticos,
económicos, sociales e institucionales.
Los tiempos se acortan y todo indica que pueden
agravarse los escenarios en todos los frentes.
En
el plano político, el presidente Duhalde
se vio complicado para lograr el acuerdo con los
gobernadores provinciales por la coparticipación
de impuestos, tema que no pasó desapercibido
si se tiene en cuenta que parte de ellos fueron
sus aliados a la hora de asumir el Gobierno. El
gobierno tuvo que pagar un precio muy caro: debió
flexibilizar la exigencias de reducción
del déficit fiscal que estaba previsto
en 80%, al 60, además de ratificar un seguro
de cambio para las deudas con los organismos multilaterales.
Aunque
en el gobierno la noticia se tiñó
de éxito y fue recogida por los medios
como el primer paso para obtener el respaldo del
FMI, lo cierto es que con este panorama, al Ejecutivo
se le resiente una de sus patas más fuertes
y queda tambaleante para enfrentar las presiones
económicas, sociales e institucionales.
Por
otra parte, los rumores de renuncia del ministro
de Economía, Jorge Remes Lenicov, sumados
al internismo que comienza a abrirse paso en las
filas del partido oficialista, agudizan la fragilidad
del gobierno, que empieza a cuestionarse bajo
el argumento de la falsa legitimidad.
En
lo económico, el tema es más complejo
aún: Anne Krueger, la número dos
del FMI, endureció su postura afirmando
que Argentina no recibirá ningún
tipo de ayuda financiera hasta tanto defina y
resuelva el tema fiscal, los problemas con el
sistema bancario, la pesificación, la Ley
de Quiebras y renegocie la deuda pública.
La
demanda de un plan sustentable que
no aparece y la visión que todavía
prevalece en Estados Unidos y Europa sobre el
populismo del gobierno, tornan casi imposible
cualquier tipo de ayuda por parte de los organismos
multilaterales de crédito. Así las
cosas, resultan en vano, tanto los intentos desesperados
del Presidente para obtener ayuda externa, como
las expectativas del equipo de Remes Lenicov de
reestablecer los créditos pendientes de
desembolso del blindaje, suspendidos durante el
final de la administración de De la Rúa.
Mientras,
los bonos emitidos por el Estado circulan como
papelitos de colores a lo largo y a lo ancho de
todo el país, y el Gobierno ya ha admitido
que hubo emisión la que si llega
a descontrolarse podría allanar más
rápidamente el camino hacia una hiperinflación
pronosticada por muchos de los principales analistas
económicos del ámbito nacional e
internacional.
Los
indicadores ensombrecen las perspectivas: el fantasma
del dólar sigue atosigando y aún
con la intervención del Banco Central siguió
trepando cotiza arriba de los 2,45 pesos
Argentina atraviesa la peor recesión de
su historia, la caída de la actividad se
acentúa en todos los niveles, la desocupación
supera 23% con posibilidades de alcanzar el 30
hacia mitad de año, la recaudación
fiscal colapsó y los índices de
pobreza son inéditos en el país.
Hasta
ahora, el abandono de la convertibilidad sólo
ha generado licuación de deudas,
transferencia de ingresos que favorecen a determinados
grupos exportadores, fuerte contracción
del consumo y una devaluación que se transfirió
a los precios de los combustibles y los productos
de producción local dependientes de insumos
importados, generando la caída del salario
real.
Si
a esto se le agrega el corralito financiero
principal motivo de descontento popular
sus consecuencias (falta de liquidez, ruptura
de la cadena de pagos, etcétera) y la pérdida
de credibilidad en las instituciones del Estado,
causada fundamentalmente por el enfrentamiento
entre el gobierno y la Corte Suprema de Justicia,
fácilmente se llega a explicar la ausencia
del crédito interno y externo y la deserción
y caída de las inversiones locales y extranjeras.
Los
actuales escenarios político, económico
e institucional alimentan el descontento popular
que suma en su haber a todos los estratos sociales:
desde los caceroleros de la clase media y media
alta (¡que contiene deudores y acreedores!),
hasta los piqueteros desocupados, pasando por
los reclamos de las centrales obreras y de los
comerciantes. La crisis no merma y no hay señales
de que se apacigüe.
En
esto que parece el camino a la anarquía,
proliferan los rumores de golpe de estado y de
guerra civil aun cuando en las actuales condiciones
son imposibles. Lo que sí es claro es que
el rol del Estado en su papel de garante de los
principios básicos sociales, está
fallando y esto puede derivar en un estallido
social aún mayor que el que se ha vivido
en diciembre y que cobró muchas víctimas.
Quizás por eso, el adelantamiento de las
elecciones es casi un hecho.
Algo
se está gestando en Argentina. La sociedad
se está reorganizando de una manera que
no termina de tomar forma y exige, con urgencia,
una renovación en la forma de hacer política.
El pueblo le tiró el guante al gobierno.
Es hora de que lo recoja y comience a cumplir
sus promesas: los dos millones de puestos de trabajo
que prometió días atrás el
presidente Duhalde, la reactivación y el
orden forman parte de los pendientes del gobierno.
El surgimiento de nuevos liderazgos políticos
y de una nueva clase ciudadana pueden ser el corolario
de esta dolorosa transición.
*Editora en jefe del Observatorio
Electoral Latinoamericano y coordinadora de Contenidos
de NuevaMayoría.com en Argentina.

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