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OJO DE MUJER
¿A
quién se deben
los medios?
A propósito de un Colegio de
Periodistas que nació desnaturalizado
y amenaza la libertad de expresión,
y la discusión sobre sensacionalismo, pornografía y censura
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Sofía
Montenegro
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El debate
sobre a quién se deben los medios y los periodistas, está
planteado. La creación del Colegio de Periodistas por un lado,
y las voces que reclaman el cierre de los semanarios sensacionalistas
El Mercurio, Sucesos y Alerta por obscenos, pone a la orden del día
la discusión sobre el derecho a la libertad de expresión
y la ética profesional, así como la amenaza de la censura.
La Asamblea Nacional aprobó la Ley Creadora del Colegio de Periodistas
de Nicaragua. Esta ley pone en peligro un derecho humano universal como
es la libertad de expresión e información, pero además
confunde lo que debería ser la función de un órgano
que vela por la ética profesional, sustituyéndolo con un
instrumento para reducir la competencia profesional y proveer beneficios
gremiales a un grupo, todo lo cual es inconstitucional.
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Tanto el
tema de la pornografía como la mencionada ley, tiene
que ver con la rendición de cuentas que los medios le deben a la
sociedad, pero además con el tema de la justicia. Ambas cosas,
defensa y vigilancia sobre los derechos humanos y la regulación
sobre el rol contradictorio de los medios, requiere de políticas
nacionales de comunicación. El problema es que un Estado desprestigiado
y no democrático, difícilmente puede desarrollar políticas
nacionales de comunicación puesto que por las mismas se puede deslizar
el autoritarismo y la censura.
El problema de los medios es que son a la vez foros de debate público
y de servicio público y empresas privadas que buscan como conseguir
mayores ganancias. Contradictoriamente, se deben por un lado a la sociedad
en general, y por el otro a la lógica del mercado. Dentro de ellos
el profesional de la información tiene una triple dimensión
o quehacer: una actividad personal, una actividad profesional-productiva
y una actividad social, donde la información debe servir de auténtica
conciencia crítica social, desde principios humanistas
y democráticos.
Como periodista
me parece que la única posición correcta es la de una respuesta
deontológica: Defender la libertad de informar por un lado, y cumplir
unas normas profesionales de autocontrol por el otro. La dignidad profesional
es la única actitud válida para superar imposiciones intencionales
y sectarias, pero también para observar el respeto a los derechos
humanos de las demás personas, y por extensión, del respeto
debido a la audiencia.
La palabra deontología se deriva del griego to deón (lo
que es conveniente) y logia (conocimiento), es decir, el conocimiento
de lo que es justo. Pertenece al ámbito de la ética frente
al área del derecho: se basa en la acción libre de la persona,
o que no está regulada jurídicamente. Se trata entonces
de deberes profesionales extrajurídicos y éticos, pero mínimamente
exigibles dentro de cada profesión.
Dentro de una deontología informativa, el periodista tiene que
defender dos derechos humanos importantes: La libertad de información
y el derecho a la intimidad de las personas. El primero constituye un
derecho fundamental y raíz de los restantes derechos humanos. El
segundo es un derecho legítimo pero suele ser de carácter
conflictivo. De aquí se derivan todos los contenciosos con el informador:
como víctima de los personajes públicos, famosos y poderosos
o como victimario de personas o grupo sociales, o de la audiencia en su
conjunto.
En este último tanto, los medios y los periodistas pueden ejercer
lo que se denomina como violencia simbólica, es decir
aquellas relaciones de fuerza entre un locutor (medio/periodista), dotado
de una autoridad social específica, y su interlocutor o público,
el cual reconoce su autoridad en diferentes grados y a quién se
le impone un discurso que le niega su humanidad o dignidad.
En el caso de las mujeres los medios en general refuncionalizan la ideología
patriarcal estereotipando a las mujeres como objeto sexual que las despojan
de su categoría humana. En el caso de los niños y adolescentes,
las dos imágenes negativas que prevalecen en los medios es la de
pandilleros y vagos.
Los semanarios aludidos proyectan, además, un modelo de comunicación
antisocial. Es decir, una comunicación que va en contra de
los auténticos intereses de la sociedad, y que provoca marginalidad,
violencia, temor y terror, convirtiendo en normales, los fines destructores
de lo social. La comunicación antisocial actúa por vía
de sugestión y de mitificación en la esfera de la vida privada.
Esto es lo que se ve reflejado en las páginas de nota roja de ciertos
periódicos y en algunos medios que organizan su política
informativa alrededor de la violencia social, la violencia genérica
y la violencia intrafamiliar, en razón de lo insólito o
lo espectacular. Se expresa como una información irresponsable
y epidémica.
Este modelo de comunicación perversa, tiene réditos comerciales
porque juega con la proyección que víctimas y victimarios
hacen de sus miedos y deseos ocultos, en una sociedad que muestra elementos
de descomposición social y donde tales medios contribuyen a crear
una suerte de sicosis de inseguridad personal y social. En nombre de la
libertad de expresión, explotan el sufrimiento humano, se entrometen
en el infortunio de las víctimas, las revictimizan, las culpabilizan
y violan su derecho a la intimidad. Por el otro, combinan esta explotación
del dolor humano y la violencia, con la explotación de la sexualidad.
El carácter pornográfico de estas publicaciones no está
dado por el hecho de que aparezcan personas, principalmente mujeres, desnudas,
sino por la representación de los grandes mitos sexuales de nuestra
cultura patriarcal, que es falocrática, violenta y denigratoria
para las mujeres.
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Para enfrentar
esta violencia simbólica que hacen los medios, así como
para preservar la libertad de información y dirimir estos problemas
se han creado en diversos países los Consejos de Prensa (o Colegios)
que tienen como misión específica establecer un Código
Deontológico que delimite unas normas profesionales
autorreguladoras, que buscan salvaguardar la autonomía y la responsabilidad
profesional.
El periodismo sensacionalista suele violar aquellos principios que previenen
el escarnio y la revictimización de las personas: La veracidad
informativa, la privacidad del sufrimiento, (relativo a la intromisión
en el infortunio), la información de menores, la vida privada y
la no discriminación.
Intimidad o información libre son dos valores éticos, que
exigen ser medidos por el baremo de la dignidad personal y de un tratamiento
responsable. Por este razonamiento, no cabe entonces atentar contra el
derecho universal de la libertad de información como propone la
Ley de Creadora del Colegio de Periodistas, ni tampoco el cierre y la
censura a los medios que realizan comunicación antisocial.
Dado que el Colegio de Periodistas nació desnaturalizado, la Procuraduría
de Derechos Humanos debería promover el debate para la elaboración
de un Código Deontológico en el que se comprometan
medios y periodistas. Así mismo, educar a la audiencia en sus derechos,
para que la ciudadanía haga uso de los recursos jurídicos
ya existentes para penalizar a los infractores
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