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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 230/ Del 25 de febrero al 3 de marzo de 2001

 

 
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OJO DE MUJER

Género en futuro
¿Más arrobas, o más sujetos?

Lilliam Levi

Se ha argumentado a favor de las arrobas que cumplen
bien su cometido en el ámbito del correo electrónico. Eso
es verdad, aunque no es toda la verdad.

Es cierto que la arroba nos brinda un recurso de ambigüedad de género para paliar las insuficiencias intrínsecas de la gramática castellana, pero el problema esencial de la representación de las mujeres como sujeto social del lenguaje sigue cojeando, con o sin arrobas.

 
   

La arroba resuelve referencias genéricas, nos sirve para desgenerizar la masculinidad de ciertos vocativos universalizantes, pero no logra formular al sujeto mujeres en todas sus atribuciones, funciones, representaciones, facultades, atributos, poderes y valores, que es de lo que se trata. Lo que hace falta no es encontrar los afijos gramaticales que manifiesten a ambos géneros, sino crear ese nuevo sujeto, o esas nuevas sujetas.

Si el sujeto varón ha sido protagonista único de la historia —por razones harto conocidas— se trata de que en el escenario social surja otra protagonista, y que se entable el diálogo. Pero una nueva sujeta, para ser tal, no surge con sólo convocar un signo impronunciable, como tampoco surge de la mera feminización de los afijos masculinos.

Son múltiples y complejas las vicisitudes del género gramatical en nuestro idioma; igualmente complejas son las vicisitudes del sujeto social. La diferenciación de género reclama soluciones asimismo complejas en cada caso, más allá de un mero decreto que proclame la existencia de un nuevo género.

Si fuéramos a generalizar el uso de la arroba, tendríamos varias opciones, todas ellas más problemáticas de lo que aparentan:

Una sería atribuirle un valor fonético a la arroba, y legitimar su uso. Ello nos conduciría a emplear el mismo signo en todos los accidentes gramaticales del sujeto, en todas las formas personales del verbo, en todos los atributos pronominales y posesivos, en todos los vocativos, en todos los casos. Con ello, caeríamos en un galimatías que plantea más problemas de los que resuelve.

Dado el rigor de las estructuras gramaticales de nuestro idioma, lo más probable es que se incurriera en usos erráticos que conducirían más seguramente a la fragmentación y confusión de los sujetos que a la equifonía de las respectivas representaciones.

Estaríamos, pues, en las mismas, ahora con textos y pantallas tachonados de arrobas, mientras los obreros y profesionales de la palabra escrita sudaríamos sangre para ponderar con precisión lo que es de Juan y lo que es de Juana, y mientras el habla cotidiana, en aras de la economía de la lengua, seguiría apegada a la tradición del lenguaje sexista.

Otra posible opción —y notoriamente económica y salomónica además— sería la supresión de todos los indicadores de género, de modo que en vez del engorroso los/las, ellos/ellas, tuviéramos un simple ‘ls’, ‘ells’, ‘nosotrs’, etc. Podríamos cómodamente escribir y decir, por ejemplo, ‘ls doctors’, ‘ls amigs’, ‘ls hijs’, ‘estimads compañers’. Y así, tods rabons, no hay cola que nos pisen.

Desde hace algunos años los lingüistas han observado un fenómeno que apuntaría en tal sentido, como es la tendencia a suprimir algunas vocales átonas, particularmente en los sufijos, en el habla popular de la ciudad de México y sus alrededores, de modo que es muy común escuchar “ps entons vams”, en vez de “pues entonces vamos”, por ejemplo. Pero ello es una tendencia que obedece a un patrón fonético subyacente, y no a una intención semántica.

Nada es sencillo ni predecible en cuestiones de lenguaje, y habrán miles de casos que se ofrezcan a la duda. Y muy probablemente ocurrirá también que estos usos puedan generar otras tendencias, casos y cursos que asuman esa misma supresión quizá, para escándalo de puristas, conservadores y ortodoxos, que verían arrebatado su poder normativizante sobre la legitimación del lenguaje.

Cuando un uso lingüístico se impone —esto es, cuando domina en todos los niveles de la lengua— la Real Academia se queda solitaria en su palacio de normas, y acá entre nos, la lengua viva hace de las suyas.


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