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OJO DE MUJER
Género
en futuro
¿Más
arrobas, o más sujetos?
Lilliam
Levi
Se
ha argumentado a favor de las arrobas que cumplen
bien su cometido en el ámbito del correo electrónico. Eso
es verdad, aunque no es toda la verdad.
Es cierto que la arroba nos brinda un recurso de ambigüedad de género
para paliar las insuficiencias intrínsecas de la gramática
castellana, pero el problema esencial de la representación de las
mujeres como sujeto social del lenguaje sigue cojeando, con o sin arrobas.
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La arroba
resuelve referencias genéricas, nos sirve para desgenerizar
la masculinidad de ciertos vocativos universalizantes, pero no logra formular
al sujeto mujeres en todas sus atribuciones, funciones, representaciones,
facultades, atributos, poderes y valores, que es de lo que se trata. Lo
que hace falta no es encontrar los afijos gramaticales que manifiesten
a ambos géneros, sino crear ese nuevo sujeto, o esas nuevas sujetas.
Si el sujeto varón ha sido protagonista único de la historia
por razones harto conocidas se trata de que en el escenario
social surja otra protagonista, y que se entable el diálogo. Pero
una nueva sujeta, para ser tal, no surge con sólo convocar un signo
impronunciable, como tampoco surge de la mera feminización de los
afijos masculinos.
Son múltiples y complejas las vicisitudes del género gramatical
en nuestro idioma; igualmente complejas son las vicisitudes del sujeto
social. La diferenciación de género reclama soluciones asimismo
complejas en cada caso, más allá de un mero decreto que
proclame la existencia de un nuevo género.
Si fuéramos a generalizar el uso de la arroba, tendríamos
varias opciones, todas ellas más problemáticas de lo que
aparentan:
Una sería atribuirle un valor fonético a la arroba, y legitimar
su uso. Ello nos conduciría a emplear el mismo signo en todos los
accidentes gramaticales del sujeto, en todas las formas personales del
verbo, en todos los atributos pronominales y posesivos, en todos los vocativos,
en todos los casos. Con ello, caeríamos en un galimatías
que plantea más problemas de los que resuelve.
Dado el rigor de las estructuras gramaticales de nuestro idioma, lo más
probable es que se incurriera en usos erráticos que conducirían
más seguramente a la fragmentación y confusión de
los sujetos que a la equifonía de las respectivas representaciones.
Estaríamos, pues, en las mismas, ahora con textos y pantallas tachonados
de arrobas, mientras los obreros y profesionales de la palabra escrita
sudaríamos sangre para ponderar con precisión lo que es
de Juan y lo que es de Juana, y mientras el habla cotidiana, en aras de
la economía de la lengua, seguiría apegada a la tradición
del lenguaje sexista.
Otra posible opción y notoriamente económica y salomónica
además sería la supresión de todos los indicadores
de género, de modo que en vez del engorroso los/las, ellos/ellas,
tuviéramos un simple ls, ells, nosotrs,
etc. Podríamos cómodamente escribir y decir, por ejemplo,
ls doctors, ls amigs, ls hijs, estimads
compañers. Y así, tods rabons, no hay cola que nos
pisen.
Desde hace algunos años los lingüistas han observado un fenómeno
que apuntaría en tal sentido, como es la tendencia a suprimir algunas
vocales átonas, particularmente en los sufijos, en el habla popular
de la ciudad de México y sus alrededores, de modo que es muy común
escuchar ps entons vams, en vez de pues entonces vamos,
por ejemplo. Pero ello es una tendencia que obedece a un patrón
fonético subyacente, y no a una intención semántica.
Nada es sencillo ni predecible en cuestiones de lenguaje, y habrán
miles de casos que se ofrezcan a la duda. Y muy probablemente ocurrirá
también que estos usos puedan generar otras tendencias, casos y
cursos que asuman esa misma supresión quizá, para escándalo
de puristas, conservadores y ortodoxos, que verían arrebatado su
poder normativizante sobre la legitimación del lenguaje.
Cuando un uso lingüístico se impone esto es, cuando
domina en todos los niveles de la lengua la Real Academia se queda
solitaria en su palacio de normas, y acá entre nos, la lengua viva
hace de las suyas.
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