|
|
|
ROSTROS
DE NICARAGUA
Los
mayagnas en
el río Bocay
Sergio
Caramagna
 |
Santos Dixon
es un hombre de unos cincuenta años. Es uno de los principales
líderes de la comunidad. De baja estatura. Agradable en el trato
y bastante dispuesto para hablar. Su casa, hecha con bambú y techo
de suita, no se distingue especialmente de las demás. Está
preocupado por su forma de vida indígena. Se está perdiendo.
Y una vez que vayan desapareciendo los viejitos que saben de eso, los
saurines y los sukias, todo se acabará. Durante un par de horas
alrededor de este tema giró la charla con el jefe mayagna. Hablamos
de los sabios que saben de los sueños, del tiempo y de las lluvias,
de la caza, de la siembra. Y los que conocen las plantas que curan. Hablamos
de la necesidad de recuperar su testimonio y su sabiduría.
Cuando le preguntamos ¿cómo se imaginaba el futuro de su
comunidad?, respondió de una manera imprevista. Habló del
pasado. Se refirió a cómo eran las cosas hace muchos años
en tiempos de sus padres y abuelos. ¿Por qué hizo esto?
¿Acaso confunde el futuro con el pasado? ¿Tendrá
Dixon otra noción del tiempo. ¿Qué miedo lo acosa?
Los antiguos pobladores de nuestra América manejaban una noción
distinta del tiempo y espacio. Para ellos esta noción tiene otra
significación. Se trata de un tiempo y un espacio concebido desde
el sujeto. Anterior a la que usamos nosotros. Es una suerte de hábitat
existencial. Es una visión no objetiva de la realidad. Incorporada
a los sentimientos. Es, en suma, una visión del tiempo total, único.
Para nuestra cultura moderna la noción de tiempo y espacio es exterior
a nosotros. Es objetiva. Pero para los pobladores con antiguas raíces
en América, es profundamente subjetiva. La realidad pareciera comprenderse
desde los sentimientos.
Desde allí, desde esa visión, Santos Dixon, no discrimina
entre pasado, presente y futuro. Se aferra desde la vida misma. Y ésta
sólo tiene referencia clara para él en los símbolos
y los mitos. Su cultura está amenazada. Se está perdiendo.
Y esos símbolos para nosotros el pasado constituyen
la imagen metida hondamente en su memoria.
Si interrogamos al indígena sobre esto, seguramente no comprenderá.
Para él la cultura no se explica, Simplemente se vive. Tal vez
por ello, cuando le preguntamos por el futuro, le complicamos la vida
y entonces recurrió a las imágenes que conserva de los orígenes
de su pueblo. Recurrió en suma, a una visión anterior. Más
antigua. En ello se expresa su sabiduría mayagna.
Amak es una comunidad ubicada sobre el río Bocay, en su margen
derecha, antes de la confluencia con el Coco o Wanki. Hay quienes la llaman
Amaka. Otros escriben Hamaca. Es el centro de la comunidad Mayagna en
Jinotega. Para llegar hasta ella, es necesario viajar por tierra hasta
Ayapal. Y desde allí embarcarse por cinco horas por el río
Bocay. Curso de agua que nace en Peñas Blancas, cerca del Cua.
Desde sus márgenes se vive intensamente la selva de Bosawas.
Un cielo nublado con lloviznas intermitentes, acompaña el recorrido.
Pasamos por Wiso, Wina y varias comunidades pequeñas que albergan
población, en su mayoría campesina de la frontera agrícola
que penetra lentamente en la reserva. Desde lo alto de la comunidad, se
ve el río Bocay, las montañas cercanas y la selva. Al amanecer,
una bruma densa se levanta lentamente desde sus quebradas. La imagen es
sobrecogedora.
A este pueblo se lo conoce popularmente como Sumo. Sin embargo, este vocablo
tiene sus orígenes en la subestimación. Vago, haragán,
los calificaron los españoles y luego los mískitos
con el vocablo sumo o sumu. Deberán definir en el futuro su pertenencia
o no a esta calificación. Deberán hacerlo, según
Dixon, para afianzar la identidad. La voz Mayagna surge como afirmación
de ella. Por ello se traduce como Lo nuestro.
La historia reciente de este pueblo es compleja y dramática. Durante
la guerra fueron trasladados hacia fincas cafetaleras del departamento
de Jinotega. Los dividieron por familia: los Dixon por un lado, los Pineda,
por otro. Y así todos. El poblado original desapareció.
Después del conflicto, fueron llevados, muchos de ellos, a la Costa
Atlántica. Sin embargo, poco a poco, fueron retornando al paisaje
primigenio.
Hubo que empezar de nuevo. Fue como refundar el hábitat. El poblado
fue tomando nuevamente forma y es hoy una comunidad con una organización
que lentamente se restablece.
¿Qué hacer frente a esta realidad? En primer lugar, intentar
aproximarnos a su visión de la realidad. Buscando comunicarnos
y comprender, más que analizar sus razones y sentimientos. Este
paso, si lo hacemos con la mayor honestidad posible, es ya un gran avance.
Hasta ahora sólo hemos llegado a ellos casi como nuevos colonizadores.
Ya sea cuando les proponemos lo que deben hacer respecto a su salud, su
educación y su organización, o como cuando intentamos insertar
en ellos esquemas de pensamiento que no guardan relación con su
cultura.
Por ello, los grandes obstáculos que los mayagnas enfrentan para
afirmar su cultura, no están en ellos mismos. En el analfabetismo
siempre asociado injustamente con la ignorancia o la marginación.
Los principales obstáculos están en nuestras propuestas.
La derecha cultural intenta tener siempre muy organizada la opinión
literaria y artística y exigir serios antecedentes para encubrir
su falta de compromiso con esa realidad. Pero también está
la izquierda, que no ha superado una lectura de segunda mano y que no
concibe ni acepta el valor de una visión indígena.
Hay quienes proponen que es necesario enseñarle a pensar al pueblo.
Y proponen esto a través de la alfabetización sin más.
Ambas actitudes son los principales obstáculos para la afirmación
de la identidad indígena. Tal vez, en el fondo, ambas sospechan
que pensar esa realidad desde sí misma, podría ser el inicio
de un cambio profundo no previsto.
Este pueblo original da la batalla cotidiana por su afirmación.
Lo demuestra todos los días, en silencio, aferrándose a
su antiguo hábitat. ¿Cómo apoyar este esfuerzo? ¿Seguiremos
reiterando nuestras propuestas? Es, en suma, un problema de decisión.
De nuestra decisión.
VOLVER
AL COMIENZO
|
|