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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 227/ Del 4 al 10 de febrero de 2001

 

 
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OJO DE MUJER

La mujer al cierre
del milenio


 
Sonia Chirinos Rivera
 

Ahora que inauguramos milenio. Ahora que cierta nostalgia por el tiempo ido me embarga, me pregunto cuál va a ser la herencia que deja el milenio anterior a éste que nos acecha. Cavilo en torno a la rapidez y la capacidad de información que lega nuestro extinto milenio, y me pregunto si en ello está la clave de nuestra herencia a la posteridad.

Me interrogo, en consecuencia, si esa información mundial e instantánea de lo que sucede en nuestro planeta es lo más llamativo de nuestro milenio. La velocidad de la información, que es la señal de nuestros tiempos, puede ser lo más fantástico y excepcional que nuestro milenio aporta a la historia de la humanidad.

Claro que lo mismo pensaron los franceses de hace algo más de doscientos años cuando descubrieron que la fuerza de un pueblo podía derrocar una monarquía. Estoy convencida que Luis XVI abrazó el cadalso de su guillotina con la ilusión de que asistía a un hecho inusual, histórico: su propio ajusticiamiento. Del que, “malgré soi”, él era el asustado protagonista. Quizá fue el consuelo postrero de quien no nació para ser juzgado por el pueblo. “Tan sólo por Dios”.

Con la misma rotundidad, aunque con más cómodos resultados, Cristóbal Colón debió pensar, en la mitad de este milenio que agonizó, que nunca hombre alguno vería hazaña igual a la por él gestada. No se podía imaginar (como sí hiciera Leonardo Da Vinci) que el hombre no sólo volaría sino que pondría el pie sobre la Luna, y sería capaz de adentrarse en el espacio.

Así son las cosas. Nuestra perspectiva de la historia es, quizás, excesivamente grandilocuente para una mismo. Y generalmente “chata” en sus conclusiones. Pero, ¿quién podía imaginar en la Europa del siglo XVI que el cenit de la literatura castellana, Cervantes, pudiera ser igualado por un habitante de la América Hispana, el Gran Rubén? Hay paradojas imposibles de resolver. Mucho menos de anticipar.

En épocas pretéritas, que cronológicamente hemos de situar antes del primer milenio de la humanidad postcristiana, la invención de la rueda, la de la escritura, o la de la palanca, produjeron en cada uno de sus protagonistas la misma candorosa certeza de que “aquélla” era la mayor hazaña que hombre alguno pudiera concebir.

Y, sin embargo, no hubo tal. A cada gesta humana le ha seguido otra aún superior. Lo que no siempre significará que sea mejor. La sofisticación alcanzada en las guerras de nuestro agotado siglo no hace precisamente al hombre más digno que aquellos hombres medievales, capaces de emprender la Guerra Santa con las armas más inverosímiles.

Así, pues, me encuentro intentando encontrar si hay algo especial que pueda caracterizar el milenio, sin que, dentro de poco, los azares de la inquietud del ser humano pongan en ridículos mis meditaciones. La respuesta, a mi parecer es positiva y la tenemos muy cerca. Está en la posición de la mujer en la historia, al cierre del milenio.

Del anonimato, que con honrosas excepciones caracteriza la posición de la mujer a lo largo de la historia, hemos pasado a una mujer del siglo veintiuno protagonista de su propia historia. Adiós a la doble moral. Adiós al temor reverencial. Adiós a los complejos maternales. Adiós a la sumisión, sea al padre, al hijo, o al espíritu de cada tiempo.

No encuentro en la historia de la humanidad ningún momento en que se considere a la mujer como persona capaz de aportar al mundo su particular filosofía vital. Ni en la Biblia, donde en algún pasaje se lee “había una multitud de personas, además de mujeres y niños”.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Sería absurdo pensar que todas las mujeres de todas las culturas en todos los rincones del mundo pueden presumir hoy de esas conquistas. Sin embargo, ello no impide que la marca del milenio extinto radique en el protagonismo de la mujer en su propia historia. La universal pero, sobre todo, la doméstica.

El triunfo de la mujer radica en que por fin el espíritu femenino, que no puede ser otro que el del ansia por la paz, ha calado hondo en nuestra sociedad. Aun cuando las guerras persisten y se han multiplicado en nuestros tiempos, nunca el hombre (azuzado por el espíritu y la presencia de la mujer) ha sentido tanta vergüenza de su propia desvergüenza. Existe una impregnación de lo femenino en el mundo y sus placeres, de lo que estoy segura somos poco conscientes.

En menos de cincuenta años, los últimos de nuestro milenio, la mujer ha sido la protagonista en solitario de una de las transformaciones sociales más fantásticas que ha experimentado la humanidad. Contribuyendo, además, a transformar su esencia misma. Probablemente, nunca, ningún otro grupo social tan grande ni tan sojuzgado a lo largo de los siglos va a experimentar un cambio igual.

Bien es cierto que el machismo existe, que no ha desaparecido la tendencia de ciertos hombres a ejercer la fuerza sobre las mujeres, que todavía hay muchas mujeres que deciden someterse al hombre por conveniencia social, por interés económico, por ignorancia, o, ¡ay!, simplemente por ligereza.

Pero ninguno de estos hechos puede acallar la fantástica transformación de la mujer quien, como nadie, ha sido capaz de vencer el ostracismo que caracterizó su paso por los siglos. Nadie como ella es capaz, hoy día de simultanear trabajo con familia, afición con poder, elegancia con esfuerzo, arte con niños. Política con banalidad.

Hay muchas cuyos esfuerzos no obtuvieron resultados y se encontraron con el vacío de la decepción o de la incomprensión. O de la soledad. Quiero brindar con ellas para que ellas también alcancen su milenio. ¡Salud! La historia hoy más que nunca no las puede abandonar.


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