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OJO DE MUJER
La
mujer al cierre
del milenio
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Sonia
Chirinos Rivera
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Ahora que
inauguramos milenio. Ahora que cierta nostalgia por el tiempo ido me embarga,
me pregunto cuál va a ser la herencia que deja el milenio anterior
a éste que nos acecha. Cavilo en torno a la rapidez y la capacidad
de información que lega nuestro extinto milenio, y me pregunto
si en ello está la clave de nuestra herencia a la posteridad.
Me interrogo, en consecuencia, si esa información mundial e instantánea
de lo que sucede en nuestro planeta es lo más llamativo de nuestro
milenio. La velocidad de la información, que es la señal
de nuestros tiempos, puede ser lo más fantástico y excepcional
que nuestro milenio aporta a la historia de la humanidad.
Claro que lo mismo pensaron los franceses de hace algo más de doscientos
años cuando descubrieron que la fuerza de un pueblo podía
derrocar una monarquía. Estoy convencida que Luis XVI abrazó
el cadalso de su guillotina con la ilusión de que asistía
a un hecho inusual, histórico: su propio ajusticiamiento. Del que,
malgré soi, él era el asustado protagonista.
Quizá fue el consuelo postrero de quien no nació para ser
juzgado por el pueblo. Tan sólo por Dios.
Con la misma rotundidad, aunque con más cómodos resultados,
Cristóbal Colón debió pensar, en la mitad de este
milenio que agonizó, que nunca hombre alguno vería hazaña
igual a la por él gestada. No se podía imaginar (como sí
hiciera Leonardo Da Vinci) que el hombre no sólo volaría
sino que pondría el pie sobre la Luna, y sería capaz de
adentrarse en el espacio.
Así son las cosas. Nuestra perspectiva de la historia es, quizás,
excesivamente grandilocuente para una mismo. Y generalmente chata
en sus conclusiones. Pero, ¿quién podía imaginar
en la Europa del siglo XVI que el cenit de la literatura castellana, Cervantes,
pudiera ser igualado por un habitante de la América Hispana, el
Gran Rubén? Hay paradojas imposibles de resolver. Mucho menos de
anticipar.
En épocas pretéritas, que cronológicamente hemos
de situar antes del primer milenio de la humanidad postcristiana, la invención
de la rueda, la de la escritura, o la de la palanca, produjeron en cada
uno de sus protagonistas la misma candorosa certeza de que aquélla
era la mayor hazaña que hombre alguno pudiera concebir.
Y, sin embargo, no hubo tal. A cada gesta humana le ha seguido otra aún
superior. Lo que no siempre significará que sea mejor. La sofisticación
alcanzada en las guerras de nuestro agotado siglo no hace precisamente
al hombre más digno que aquellos hombres medievales, capaces de
emprender la Guerra Santa con las armas más inverosímiles.
Así, pues, me encuentro intentando encontrar si hay algo especial
que pueda caracterizar el milenio, sin que, dentro de poco, los azares
de la inquietud del ser humano pongan en ridículos mis meditaciones.
La respuesta, a mi parecer es positiva y la tenemos muy cerca. Está
en la posición de la mujer en la historia, al cierre del milenio.
Del anonimato, que con honrosas excepciones caracteriza la posición
de la mujer a lo largo de la historia, hemos pasado a una mujer del siglo
veintiuno protagonista de su propia historia. Adiós a la doble
moral. Adiós al temor reverencial. Adiós a los complejos
maternales. Adiós a la sumisión, sea al padre, al hijo,
o al espíritu de cada tiempo.
No encuentro en la historia de la humanidad ningún momento en que
se considere a la mujer como persona capaz de aportar al mundo su particular
filosofía vital. Ni en la Biblia, donde en algún pasaje
se lee había una multitud de personas, además de mujeres
y niños.
Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Sería absurdo pensar que
todas las mujeres de todas las culturas en todos los rincones del mundo
pueden presumir hoy de esas conquistas. Sin embargo, ello no impide que
la marca del milenio extinto radique en el protagonismo de la mujer en
su propia historia. La universal pero, sobre todo, la doméstica.
El triunfo de la mujer radica en que por fin el espíritu femenino,
que no puede ser otro que el del ansia por la paz, ha calado hondo en
nuestra sociedad. Aun cuando las guerras persisten y se han multiplicado
en nuestros tiempos, nunca el hombre (azuzado por el espíritu y
la presencia de la mujer) ha sentido tanta vergüenza de su propia
desvergüenza. Existe una impregnación de lo femenino en el
mundo y sus placeres, de lo que estoy segura somos poco conscientes.
En menos de cincuenta años, los últimos de nuestro milenio,
la mujer ha sido la protagonista en solitario de una de las transformaciones
sociales más fantásticas que ha experimentado la humanidad.
Contribuyendo, además, a transformar su esencia misma. Probablemente,
nunca, ningún otro grupo social tan grande ni tan sojuzgado a lo
largo de los siglos va a experimentar un cambio igual.
Bien es cierto que el machismo existe, que no ha desaparecido la tendencia
de ciertos hombres a ejercer la fuerza sobre las mujeres, que todavía
hay muchas mujeres que deciden someterse al hombre por conveniencia social,
por interés económico, por ignorancia, o, ¡ay!, simplemente
por ligereza.
Pero ninguno de estos hechos puede acallar la fantástica transformación
de la mujer quien, como nadie, ha sido capaz de vencer el ostracismo que
caracterizó su paso por los siglos. Nadie como ella es capaz, hoy
día de simultanear trabajo con familia, afición con poder,
elegancia con esfuerzo, arte con niños. Política con banalidad.
Hay muchas cuyos esfuerzos no obtuvieron resultados y se encontraron con
el vacío de la decepción o de la incomprensión. O
de la soledad. Quiero brindar con ellas para que ellas también
alcancen su milenio. ¡Salud! La historia hoy más que nunca
no las puede abandonar.
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