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AL
CIERRE
Balance
político
de las municipales
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| Carlos
F. Chamorro |
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1.
Se busca: una autocrítica
Las primeras reacciones ante los resultados electorales municipales revelan
la poca capacidad autocrítica de nuestra clase política.
Tanto para celebrar la victoria como para evitar reconocer la derrota,
predomina un discurso triunfalista, del que sólo se salvan unas
cuantas voces sensatas en cada agrupación política.
Los liberales están aferrados a la consigna de que fueron los más
votados a nivel nacional y que obtuvieron el mayor número de alcaldías,
aunque su caudal de votos haya disminuido considerablemente en comparación
a 1996, y está a la vista que perdieron las principales plazas
fuertes del país.
En el bando del FSLN, su Secretario General Daniel Ortega, no esperó
ni veinticuatro horas para proclamar su cuarta candidatura presidencial,
reivindicando para sí mismo un resultado político que no
se origina en su liderazgo individual sino en candidaturas que incluso
reflejan estilos políticos opuestos al suyo.
Los conservadores obtuvieron un modesto resultado a nivel nacional y un
tercer lugar en Managua, pero se resisten a aceptar el veredicto atribuyéndolo
al fraude electoral, o a las pugnas internas que están a flor de
piel entre los dos bandos del partido.
Los tres partidos fracasaron al no haber logrado colocar en primer plano
de la agenda nacional las banderas de la descentralización y la
autonomía municipal, pero a la hora de sacar cuentas, la suerte
del municipio les resulta secundaria y únicamente les interesa
las cuotas de poder conquistadas.
Y si se trata del nuevo Consejo Supremo Electoral, la columna vertebral
del pacto Alemán-Ortega, esta vez no aparecieron urnas en los cauces
como en el 96, pero la magnitud del caos ha provocado peores consecuencias
políticas. La partidización de la estructura electoral y
el "desorden organizado" son corresponsables del mayor índice de
abstención (más el voto nulo que no ha sido contabilizado)
registrado a nivel nacional en los últimos dieciséis años.
Para Nicaragua, que descollaba en América Latina por sus altos
índices de participación electoral, este retroceso justifica
la necesidad de una profunda reforma que despolitice al poder electoral
antes de las presidenciales del 2001.
2.
Ganadores y perdedores
La jornada del cinco de noviembre también ha dejado ganadores y
perdedores inequívocos. Es obvio que el Frente Sandinista se ha
llevado la mejor parte: sus filas se han moralizado políticamente
al duplicar su cuota de "plazas fuertes", aunque haya sido sin aumentar
el caudal de votos obtenidos en 1996. No obstante, la sombra del caudillismo
de Ortega y su intención de extrapolar mecánicamente el
resultado para sostener su candidatura presidencial, podría echar
por tierra la ventaja obtenida al proyectar nuevamente al FSLN como un
factor de polarización nacional.
En el caso del PLC, la derrota tiene nombre y apellido. El presidente
Alemán actuó como virtual jefe de campaña a nivel
nacional, impuso candidatos a dedo y confundió una vez más
al Estado con su partido. Pero la derrota del alemanismo que representa
la opción más autoritaria del liberalismo, abre una
oportunidad para que surjan las corrientes que proponen modernizar el
PLC. En cualquier caso, los "democratizadores" del PLC tarde o temprano
tendrán que poner sobre el tapete el "Factor Alemán" y eso
significa una inevitable medición de fuerzas con un caudillo que
hasta ahora luce insustituible.
En cuanto al partido conservador, viendo los magros resultados tercer
lugar en Managua, una cabecera departamental y cuatro municipios a nivel
nacional cabe volver a preguntarse si valió la pena haber
participado en estas elecciones, después que se produjo la brutal
inhibición contra Pedro Solórzano. En su momento, advertimos
que era una apuesta sumamente riesgosa y que el partido conservador debió
haberse contemplado la opción de no participar y hacer campaña
en contra del pacto para cambiar la ley electoral. Pero aprovechando que
eran el único partido que logró salvar su personería
jurídica de la guillotina del CSE, los conservadores apostaron
a capturar el sentimiento mayoritario antipacto y anticorrupción.
Al final de la jornada, está claro que no lo lograron, pues la
mayoría del descontento desembocó en el cauce de la abstención.
Quiérase o no, la participación del PC en estas elecciones
terminó bendiciendo y legitimando las reglas electorales del pacto,
y ahora ser mucho más difícil convocar a la presión
nacional e internacional para demandar con éxito la reforma de
la Ley electoral para las presidenciales del 2001.
3. El mapa urbano-rural
El resultado de la elección ha planteado nuevas interrogantes en
torno al mapa político municipal del país. ¿Por qué
el FSLN ganó en las principales plazas urbanas y el PLC en los
municipios rurales?. El PLC se ha adelantado a reivindicar el fenómeno
como un resultado de la focalización de su política económica
hacia las zonas rurales e íncluso de la estrategia antipobreza.
En realidad, no puede descartarse que la presencia del Estado en municipios
donde no hay presencia de otras instituciones políticas, haya incidido
en el voto. Pero la acción del Estado en estas zonas suele estar
acompañada de otro fenómeno: el clientelismo político
rural.
Ocurre no sólo en Nicaragua, sino también en México,
El Salvador y Uruguay, por citar tres ejemplos, donde la izquierda es
fuerte en las zonas urbanas, pero el status quo rural es mucho
más resistente al cambio y más permeable a la prebenda.
El clientelismo y el estilo prebendario del PLC funciona de forma más
eficaz en el campo que en la ciudad. Una evidencia de esto es que el PLC
perdió las principales plazas urbanas, incluida Managua, a pesar
de haber hecho una buena y costosa campaña. En general, el debate
político que se proyecta a través de los medios de comunicación
es más intenso en las ciudades y la población está
expuesta a más competencia y sobre todo de críticas a la
gestión gubernamental y los escándalos de corrupción.
4.
Bipartidismo artificial
La otra interrogante se relaciona al futuro del bipartidismo y las tendencias
de la polarización política. El FSLN mejoró su posición
a nivel nacional con el mismo caudal de votos, ¿significa esto
que la polarización política está cediendo, o simplemente
que el voto antisandinista se ha dividido?.
Bien podría estar ocurriendo una combinación de ambas cosas.
Después de las elecciones del 96, el politólogo norteamericano
William Barnes demostró que aunque sandinismo y antisandinismo
cuentan con un sólido piso electoral, en Nicaragua realmente no
existe una polarización ideológica permanente. Según
Barnes, durante campañas electorales emerge una fuerza decisoria
que él llama "middle mix", es decir, el bloque de votantes
no partidarios, con percepciones políticas mezcladas, que se inclinan
a uno u otro lado del péndulo según la coyuntura electoral.
Esto deja un espacio abierto para que candidatos que trasciendan el voto
cautivo de un partido, o propuestas de terceros partidos con capacidad
de atraer al votante no partidario, logren agrupar a este fiel de la balanza.
Algo de eso se reflejó en estas elecciones en las localidades en
que habían buenos candidatos, y si sumamos la abstención
al voto del partido conservador, es evidente es que nuestro sistema político
no es por "naturaleza" bipartidista y por lo tanto, no debería
ser sometido a la camisa de fuerza del pacto.
El esquema maniqueísta de Alemán de presentar a su partido
como "el bien" la única opción democrática
vs. "el mal" encarnado en el FSLN , podría funcionar
contra Daniel Ortega como candidato, porque Ortega es más polarizante
que el mismo FSLN, pero cuando los candidatos sandinistas ofrecen un discurso
plural, como en el caso de Lewites, y participan terceras o cuartas fuerzas
políticas, la polarización no funciona mecánicamente.
De manera que la coartada liberal para justificar el pacto bipartidista,
no sólo carece de un asidero político práctico, sino
que revela una vocación claramente autoritaria. A final de cuentas,
su único objetivo es cerrarle la puerta de la competencia política
a las verdaderas opciones democráticas.
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