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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 217/ Del 12 al 18 de noviembre de 2000

 

 
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AL CIERRE

Balance político
de las municipales

 
Carlos F. Chamorro  

1. Se busca: una autocrítica

Las primeras reacciones ante los resultados electorales municipales revelan la poca capacidad autocrítica de nuestra clase política. Tanto para celebrar la victoria como para evitar reconocer la derrota, predomina un discurso triunfalista, del que sólo se salvan unas cuantas voces sensatas en cada agrupación política.

Los liberales están aferrados a la consigna de que fueron los más votados a nivel nacional y que obtuvieron el mayor número de alcaldías, aunque su caudal de votos haya disminuido considerablemente en comparación a 1996, y está a la vista que perdieron las principales plazas fuertes del país.

En el bando del FSLN, su Secretario General Daniel Ortega, no esperó ni veinticuatro horas para proclamar su cuarta candidatura presidencial, reivindicando para sí mismo un resultado político que no se origina en su liderazgo individual sino en candidaturas que incluso reflejan estilos políticos opuestos al suyo.

Los conservadores obtuvieron un modesto resultado a nivel nacional y un tercer lugar en Managua, pero se resisten a aceptar el veredicto atribuyéndolo al fraude electoral, o a las pugnas internas que están a flor de piel entre los dos bandos del partido.

Los tres partidos fracasaron al no haber logrado colocar en primer plano de la agenda nacional las banderas de la descentralización y la autonomía municipal, pero a la hora de sacar cuentas, la suerte del municipio les resulta secundaria y únicamente les interesa las cuotas de poder conquistadas.

Y si se trata del nuevo Consejo Supremo Electoral, la columna vertebral del pacto Alemán-Ortega, esta vez no aparecieron urnas en los cauces como en el 96, pero la magnitud del caos ha provocado peores consecuencias políticas. La partidización de la estructura electoral y el "desorden organizado" son corresponsables del mayor índice de abstención (más el voto nulo que no ha sido contabilizado) registrado a nivel nacional en los últimos dieciséis años. Para Nicaragua, que descollaba en América Latina por sus altos índices de participación electoral, este retroceso justifica la necesidad de una profunda reforma que despolitice al poder electoral antes de las presidenciales del 2001.



2. Ganadores y perdedores

La jornada del cinco de noviembre también ha dejado ganadores y perdedores inequívocos. Es obvio que el Frente Sandinista se ha llevado la mejor parte: sus filas se han moralizado políticamente al duplicar su cuota de "plazas fuertes", aunque haya sido sin aumentar el caudal de votos obtenidos en 1996. No obstante, la sombra del caudillismo de Ortega y su intención de extrapolar mecánicamente el resultado para sostener su candidatura presidencial, podría echar por tierra la ventaja obtenida al proyectar nuevamente al FSLN como un factor de polarización nacional.

En el caso del PLC, la derrota tiene nombre y apellido. El presidente Alemán actuó como virtual jefe de campaña a nivel nacional, impuso candidatos a dedo y confundió una vez más al Estado con su partido. Pero la derrota del alemanismo —que representa la opción más autoritaria del liberalismo—, abre una oportunidad para que surjan las corrientes que proponen modernizar el PLC. En cualquier caso, los "democratizadores" del PLC tarde o temprano tendrán que poner sobre el tapete el "Factor Alemán" y eso significa una inevitable medición de fuerzas con un caudillo que hasta ahora luce insustituible.

En cuanto al partido conservador, viendo los magros resultados —tercer lugar en Managua, una cabecera departamental y cuatro municipios a nivel nacional— cabe volver a preguntarse si valió la pena haber participado en estas elecciones, después que se produjo la brutal inhibición contra Pedro Solórzano. En su momento, advertimos que era una apuesta sumamente riesgosa y que el partido conservador debió haberse contemplado la opción de no participar y hacer campaña en contra del pacto para cambiar la ley electoral. Pero aprovechando que eran el único partido que logró salvar su personería jurídica de la guillotina del CSE, los conservadores apostaron a capturar el sentimiento mayoritario antipacto y anticorrupción. Al final de la jornada, está claro que no lo lograron, pues la mayoría del descontento desembocó en el cauce de la abstención. Quiérase o no, la participación del PC en estas elecciones terminó bendiciendo y legitimando las reglas electorales del pacto, y ahora ser  mucho más difícil convocar a la presión nacional e internacional para demandar con éxito la reforma de la Ley electoral para las presidenciales del 2001.



3. El mapa urbano-rural

El resultado de la elección ha planteado nuevas interrogantes en torno al mapa político municipal del país. ¿Por qué el FSLN ganó en las principales plazas urbanas y el PLC en los municipios rurales?. El PLC se ha adelantado a reivindicar el fenómeno como un resultado de la focalización de su política económica hacia las zonas rurales e íncluso de la estrategia antipobreza.

En realidad, no puede descartarse que la presencia del Estado en municipios donde no hay presencia de otras instituciones políticas, haya incidido en el voto. Pero la acción del Estado en estas zonas suele estar acompañada de otro fenómeno: el clientelismo político rural.

Ocurre no sólo en Nicaragua, sino también en México, El Salvador y Uruguay, por citar tres ejemplos, donde la izquierda es fuerte en las zonas urbanas, pero el status quo rural es mucho más resistente al cambio y más permeable a la prebenda.

El clientelismo y el estilo prebendario del PLC funciona de forma más eficaz en el campo que en la ciudad. Una evidencia de esto es que el PLC perdió las principales plazas urbanas, incluida Managua, a pesar de haber hecho una buena y costosa campaña. En general, el debate político que se proyecta a través de los medios de comunicación es más intenso en las ciudades y la población está expuesta a más competencia y sobre todo de críticas a la gestión gubernamental y los escándalos de corrupción.



4. Bipartidismo artificial

La otra interrogante se relaciona al futuro del bipartidismo y las tendencias de la polarización política. El FSLN mejoró su posición a nivel nacional con el mismo caudal de votos, ¿significa esto que la polarización política está cediendo, o simplemente que el voto antisandinista se ha dividido?.

Bien podría estar ocurriendo una combinación de ambas cosas. Después de las elecciones del 96, el politólogo norteamericano William Barnes demostró que aunque sandinismo y antisandinismo cuentan con un sólido piso electoral, en Nicaragua realmente no existe una polarización ideológica permanente. Según Barnes, durante campañas electorales emerge una fuerza decisoria que él llama "middle mix", es decir, el bloque de votantes no partidarios, con percepciones políticas mezcladas, que se inclinan a uno u otro lado del péndulo según la coyuntura electoral.

Esto deja un espacio abierto para que candidatos que trasciendan el voto cautivo de un partido, o propuestas de terceros partidos con capacidad de atraer al votante no partidario, logren agrupar a este fiel de la balanza. Algo de eso se reflejó en estas elecciones en las localidades en que habían buenos candidatos, y si sumamos la abstención al voto del partido conservador, es evidente es que nuestro sistema político no es por "naturaleza" bipartidista y por lo tanto, no debería ser sometido a la camisa de fuerza del pacto.

El esquema maniqueísta de Alemán de presentar a su partido como "el bien" —la única opción democrática— vs. "el mal" —encarnado en el FSLN— , podría funcionar contra Daniel Ortega como candidato, porque Ortega es más polarizante que el mismo FSLN, pero cuando los candidatos sandinistas ofrecen un discurso plural, como en el caso de Lewites, y participan terceras o cuartas fuerzas políticas, la polarización no funciona mecánicamente.

De manera que la coartada liberal para justificar el pacto bipartidista, no sólo carece de un asidero político práctico, sino que revela una vocación claramente autoritaria. A final de cuentas, su único objetivo es cerrarle la puerta de la competencia política a las verdaderas opciones democráticas.


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