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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 209/ Del 17 al 23 de septiembre de 2000

 

 
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OJO DE MUJER

El “chivo” de Santo
Tomás


 
Mónica
Zalaquett
 

Las declaraciones del alcalde José Dolores Espinales, de Santo Tomás del Norte, Chinandega, quien defendiera de manera igno- miniosa su derecho a comprar niñas “vírgenes” supuestamente ofertadas por sus madres, refleja cuán vigente es el planteamiento de Mario Vargas Llosa en su reciente novela “La Fiesta del Chivo”, acerca del estrecho nexo existente entre autoritarismo político y abuso sexual.

En la excelente entrevista de Rosario Montenegro, del diario La Prensa, publicada hace algunos días, el señor Alcalde de Santo Tomás no parece nada preocupado por desmentir las acusaciones que se le imputan de compra de menores, sino que las confirma con aire ofendido y desenfado machista, extrañándose él mismo de que el asunto despierte tanta curiosidad.

Si no fuera por el asco que producen las declaraciones de este señor, molesto porque la niña que había “comprado” no era virgen, casi deberíamos agradecerle haber dejado tan claro en su entrevista el fundamento ideológico del abuso sexual.

Porque en esencia, de eso se trata. De la manera en que él reproduce un pensamiento bastante generalizado, una mentalidad arraigada, que considera al cuerpo de las mujeres, incluida por supuesto el de las niñas, como un objeto de consumo, una mercancía para ser utilizada y desechada.

A su manera lo expresa así: “uno no las halla como las quiere, entonces da pie atrás... la compré y gasté el dinero de puro gusto”. En otras palabras, da por descontado que vamos a solidarizarnos con su condición de estafado, de “víctima” de esas madres “zánganas” que lo esquilmaron con niñas ya usadas, gastadas, inservibles para satisfacer su demanda de vírgenes.

Es duro constatar que el valor de uso del objeto-cuerpo de mujer aumenta si la mujer es virgen, y disminuye al perderse la virginidad. Dicho de otra manera, si el cuerpo de una jovencita “no tocada” vale 300 córdobas, ya desflorada puede costar la mitad. Por tanto, la virginidad es algo codiciado que se disfruta una sola vez y se pierde, como ocurre con un vestido exclusivo cuando se encuentra ajado.

Uno podría preguntarse qué hay en la mente de quienes desfloran criaturas. “Sólo un degenerado, sólo un loco” dirán muchas personas. Pero lo cierto es que el abuso sexual a niñas y niños constituye un problema demasiado frecuente, una de las tragedias cotidianas que ocurren sobre todo en el seno familiar.

Y frente a ello, los argumentos sobre el placer morboso quedan pálidos ante otro incuestionable: Mientras más inocente la criatura, más omnipotente se siente el que la daña. El abuso es ante todo una cuestión de poder, de la capacidad y los medios que tienen unos para aplastar el alma de los otros. El “Chivo” de Vargas Llosa lo deja bien claro, al igual que su triste réplica local que advierte a modo de aclaración: “Soy hombre, igual que todos los hombres”.

Tiene lógica que el Alcalde suponga que muchos entenderán este retorcido argumento. Sabe que en nuestra sociedad el deseo sexual masculino se considera como algo sagrado, algo que toda mujer debe atender al igual que lavar, planchar o preparar la comida.

Es el menú de tareas que las mujeres aprenden en la escuela de su hogar. Por eso afirma con la confianza de su supremacía masculina que las madres de las jóvenes son las responsables de lo ocurrido, pues él, como cualquier hombre, debía ceder a la tentación: “Fue con el mero gusto de ellas, claro que sí, con el mero gusto de ellas”.

Y desgraciadamente refleja de algún modo la realidad. La defensa que las mujeres hacen de los privilegios y la mentalidad machista es tan común como la del hombre, e igualmente valiosa para la reproducción del sistema. Muchas madres venden a sus hijas en medio de su pobreza, porque ellas también fueron alguna vez vendidas o abusadas, tratadas igualmente como objeto sexual. El machismo no es una teoría, representa una cultura transmitida generacionalmente, vivida, alimentada, defendida a diario por hombres y mujeres. Y don José se remite a ella para justificarse.

Muchas mujeres crecen sintiéndose mal con sus cuerpos, pensando que llevan “algo” pecaminoso, algo en esencia sucio y condenable. Sobre las mujeres pesa la maldición de Eva, la que provocó a Adán obligándolo a pecar y haciendo que ambos fuesen expulsados del paraíso.

Eva con toda su culpa vive en el alma de las mujeres, haciendo que muchas se sientan incómodas consigo mismas, que crean tener en sus cuerpos “algo” que las puede perjudicar. Se trata de la mentalidad que lleva a una madre a desconfiar de su hija cuando ésta le dice que está siendo abusada, y a decirle, aunque sea una tierna criatura, que fue ella quien “lo provocó”.

El señor Alcalde de Santo Tomás ha reflejado las cosas claramente: El incesto, las violaciones y todas las formas de abuso sexual están siendo cada vez más legitimadas por la masividad con que se practican y el silencio con que responde la sociedad.

Hay una enorme complicidad en torno a este asunto que debe ser desmontado. ¿Por qué la Iglesia, tan preocupada por las cuestiones morales no reaccionó de inmediato condenando al Alcalde? ¿Por qué los políticos, los alcaldes, los legisladores y los prohombres de nuestra sociedad callan? No hace mucho, el silencio también protegió la impunidad del dirigente sandinista Daniel Ortega, ante las denuncias hechas por su hijastra Zoilamérica Narváez de haber abusado de ella desde su infancia. Al poco tiempo las condenas se dirigían contra Zoilamérica por haber hablado y las muestras de solidaridad de hombres y mujeres iban hacia Daniel, por haber sido víctima de semejante barbaridad.

Ahora, nuevamente, la sociedad vuelve a callar. Y calla todos los días ante el desfile de abusos, ataques y horrores cometidos contra niñas y niños y divulgados por los medios de comunicación. El asunto contado así, en general, sin rostros definidos, sin sufrimientos particulares, no conmueve a nadie.

Habría que preguntarle entonces a las niñas compradas por el señor Alcalde qué sintieron cuando él averiguaba si eran o no las vírgenes que pretendía. Habría que indagar cómo se sienten con sus propias madres cuando ellas las ofrecen al mejor postor.

Por este medio le solicito a la valiente periodista Rosario Montenegro que busque a esas niñas y les pregunte, que las deje hablar, como hablan centenares de niñas víctimas de abuso a las que hemos escuchado. Que digan en los periódicos lo que una de ellas me dijo una vez: “Yo antes tenía corazón y ahora tengo un pedazo de hierro nada más”.