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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 209/ Del 17 al 23 de septiembre de 2000

 

 
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COLUMNISTA INVITADO

Por un Estado más
activo en la política económica

Cornelio Hoppman

El neoliberalismo ortodoxo —la teoría económica dominante del país— nos plantea dos supuestas alternativas de acción del Estado, una donde se deja la colocación de recursos solamente en manos del mercado y se da asistencia social mínima, hasta ninguna, a los que por “x” o “y” razón quedan fuera del mismo.

Y la otra donde el Estado mismo asume el papel de colocar recursos, usando los fracasos de la última alternativa para fomentar una apoteosis de la primera, que supuestamente por medio de la mano invisible del mercado proporciona la asignación óptima de recursos, donde de hecho tal apoteosis sirve de pretexto para justificar la ausencia de ideas nuevas y propias.

No obstante, un análisis más de cerca muestra que el supuesto de la teoría neoliberal ortodoxa en el contexto de Nicaragua simplemente es falso, por dos razones: por un lado el recurso “tierra”, aunque un recurso limitado, no tiene costos directos; solamente —cuando mucho— costos de oportunidad. Y por el otro, el recurso “mano de obra” no tiene ni siquiera éstos, es decir al no emplearlo del todo, no cuesta tal ineficiencia.

Lo último es diferente en países con sistemas sociales desarrollados, puesto que en ellos el subsidio público al desempleado por medio de impuestos y otros tributaciones sociales, sí lleva a costos económicos indirectos para el inversionista. Estos costos indirectos son la base real para las diversas alianzas para reducir el desempleo entre partidos (o gobiernos) del llamado nuevo centro y los dueños de capital de inversión.

Los resultados reales, entonces, de la política neoliberal-ortodoxa no sorprenden: incremento a niveles nunca antes visto de la brecha en el balance comercial y aumento solamente marginal del empleo formal. Así se muestra en práctica el fracaso de una política monetarista, que tomó con único recurso interesante —y por tanto sujeto a la política estatal— el capital liquido de inversión y su colocación.


Un despilfarro gigantesco

Veamos en forma de un ejemplo hipotético pero concreto los efectos: Supongamos una finca de 1,500 manzanas en el nororiente del país. Por aptitud de la tierra, se podría dedicar las mismas manzanas al cultivo intensivo y a largo plazo de cítricos o al cultivo anual de sorgo.

Evaluando solamente bajo el parámetro de rentabilidad de una inversión —siempre dependiendo de los precios inestables en el mercado internacional— al cálculo entran en primera instancia semillas, costos de preparación mecánica de la tierra, fertilizantes y pesticidas, y, por ende, costo de riego.

El costo de la mano de obra en relación es marginal y los costos de oportunidad por mano de obra no empleada, no se tienen que tomar en cuenta. Todo lo contrario, si se evalúa la rentabilidad de la segunda alternativa, aún cuando más se apuesta a producción orgánica, tal como la exigen los mercados modernos: en este caso el costo de la mano de obra empleada se vuelve factor determinante de todo el cálculo.

No obstante, en esta variante los márgenes de ganancia de capital raras veces alcanzan de 24% a 30% exigidos por la banca local, de tal forma que resulta más económico para el agricultor grande no trabajar sus tierras y esperar mejores tiempos. Exactamente por esta razón en este ciclo agrícola casi el 50% de la tierra apta para cultivos no será sembrada.

Cabe señalar que ya el interés del 22% es consecuencia del modelo elegido de asignación exclusiva: para cualquier banco resulta más rentable prestar a algún comercio al 22%, pero en términos muy cortos, que prestar al 15% a mediano o largo plazo a un ganadero y agricultor; siempre y cuando el comerciante tiene la posibilidad de sumar sus costos de financiamiento a los precios.

De hecho —y por conocimiento de cerca— sé que los mayoristas de Nicaragua calculan sus precios de bienes de importación sumando del 43% al 48% al precio detallista en los EE.UU., para recuperar sus costos de financiamiento sin tomar en cuenta aún el IGV.

En resultado, la política monetarista actual favorece el despilfarro de recursos y aumenta la brecha comercial en lugar de producir más eficiencia y eficacia en el uso de los recursos nacionales. El esquema actual se quiebra —y ya está cerca— cuando no hay flujos externos líquidos, que balanceen el déficit comercial y a la vez oxigenen el comercio domestico.

Sumando la ociosidad de la tierra al desempleo y subempleo de casi el 60% de la mano de obra, vemos un despilfarro tremendo de recursos nacionales, un despilfarro —sospecho yo— que ni la economía más desarrollada toleraría por mucho tiempo sin quebrarse.

¿Cuáles son las alternativas?

Obviamente volver a un esquema de economía planificada centralmente —la que los neoliberales presentan como única alternativa— no es opción. Sino, tal como lo han hecho los gobiernos exitosos de los EE.UU., Inglaterra, Holanda y últimamente Alemania, hay que implementar políticas que, por un lado, conviertan el desaprovechamiento de los recursos en costos reales y, por otro, incentiven su uso real, de tal forma que en su conjunto se cambie el balance individual.

Posibles medidas serían un impuesto sobre tierra ociosa asumiendo una renta presuntiva a saldarse con el IR al final, o la inversión en culturas permanentes, permitiendo que, por ejemplo, árboles y no solamente tierra sirvan para hipotecas, ambos ya propuestos por expertos hasta del Banco Mundial sin que se les haya hecho caso.

Un incentivo —no un subsidio— para aumentar el trabajo formal puede implementarse por medio de un bono de empleo como crédito fiscal, donde el valor del mismo se define por el valor conjunto obrero y patronal de las cotizaciones pagadas al INSS.

Para el Estado como tal el saldo sería casi 0 —es decir sin costos— dado que a la larga él —con los niveles de empleo formal de ahora— tendría que asumir el déficit del seguro social, sea en forma directa o de crédito con el Banco Mundial.

Sin embargo, para la empresa privada este bono reduciría en forma sustancial los costos de mano de obra sin afectar a los trabajadores y —por primera vez— le daría a la mano de obra costos de oportunidad. Hay otros elementos más —como la prohibición de exportar madera no procesada, sea en forma directa o por medio de un impuesto alto—, que pueden resultar más beneficiosos de procesar en el país.

Obviamente tasas de interés como los que cobran las financieras no tradicionales y sin fines de lucro, del 36% al 48% efectivo al año, más bien quiebran a cualquiera —no solamente al productor pequeño—, de tal forma que urgen modelos de financiamiento sin estos costos estratosféricos como fondos locales revolventes por medio cooperativas locales de ahorro y crédito, etc.

Todo depende de la capacidad de análisis económico y de la voluntad política de sacar conclusiones del fracaso demostrado del modelo actual en promover la asignación efectiva —para no soñar de la óptima— de todos los recursos del país. Esto por basar la política solamente en uno de ellos, que además en gran medida es externo.