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ROSTROS
DE NICARAGUA
Poblador
de Caulatú, municipio de Quilalí
El
testimonio de Lucío González
Sergio
Caramagna
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| Lucío
González |
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Es importante subrayar la significación que tiene para los campesinos
nicaragüenses el término tranquilidad. Si las cosas marchan bien, estamos
tranquilos. Si las cosas marchan mal, hemos perdido la tranquilidad. Pereciera
expresarse en este término un concepto ligado a la armonía o equilibrio,
como sustantivo a la vida misma.
“…Bueno, que ahora me siento más tranquilo. Me considero más tranquilo
porque acá no hay molestia. Aquí no hay… Ah… cuando la guerra, ¡no quiera
Dio! Aquí se venían a estar, combate tras combate. Casi me derrumbaron
la casa de una bomba. De dicha, pegó ahí, boom… ¡ni quiera Dio! Pero fue
en esta última guerra, en aquella no. Como (cuando) Sandino andaba por
allá.”
Más adelante agrega:
“…Ahorita?…pues, si le digo que ahorita yo me siento tranquilo porque
estamos trabajando más…más conforme”.
Cuando se le pregunta, ¿qué espera para el futuro?:
“… Yo sólo espero tranquilidad. Yo no espero otra cosa, porque me parece
pués, yo no sé…”
En ese marco de equilibrio y armonía, que Lucío define como tranquilidad,
dos acontecimientos, las dos guerras, la de Sandino y la última, tomados
como hechos externos, cambiaron su vida. Modificaron, a la fuerza, la
convivencia humana y marcaron fuertemente su conciencia.
¿Será que para el viejo campesino existen dos tipos de cambios? Los que
vienen desde afuera, externos a la vida de esas comunidades. Y los cambios
que, en forma natural, se producen desde lo interno de esas montañas.
Aquellos parecen impuestos desde afuera, independientes de la voluntad
de la gente. Estos, en cambio, parecen más naturales, más ajustados al
ritmo y la lógica vegetal del campo. Estos cambios serían más asimilables
al concepto de crecimiento. O, en todo caso, al ciclo vital de las cosas.
¿Subyace en esto una lógica orgánica?
Lucío González es poblador de Caulatú, comarca ubicada a unos kilómetros
al norte de Quilalí, en el departamento de Nueva Segovia. Nació y se crió
allí. Desde hace 87 años. Recuerda haber nacido en diciembre de 1913.
Sus padres, Juan Eduardo González y Cecilia Cruz, emigraron desde León
en busca de un lugar para vivir. Fueron pioneros y güiriseros que, junto
a otras tres familias, a principios de siglo conformaron pequeños poblados.
Los habitantes originales estaban agrupados en aldeas de no más de 10
familias. Eran indígenas. De ahí que el vocablo Caulatú tenga ese origen,
aunque nadie sabe bien su significado.
Para Lucío, el poblado original se denominaba Villanueva Segovia. El padre
Madrigal de Ciudad Antigua, trabajó mucho en esa región haciendo investigaciones
sobre los orígenes de la población. Lucío estuvo acompañando al religioso
en aquellos años, por lo que si se buscan antecedentes históricos de la
comarca, se debe ir a la fuente del padre Madrigal.
“A mí lo que me contaron fue el padre Madrigal, que ahí era una iglesia
y esto es lo que vine buscando ay con él. Y él nos enseñó dónde era esa
iglesia. Se llamaba… ah, Villanueva Segovia. Y para acá, más acá, se llamaba
Juana Mostega… que eran “Los Piatos” (¿)… así le decían a ellos?”
Cuando habla de la guerra del 27, es notable oír la descripción que hace
del General Sandino. No es una descripción basada en aspectos externos
del personaje. Semejante a la imagen que tenemos de las fotografías más
conocidas. Su descripción está fuertemente impregnada por lo emocional.
De todas formas, recuerda fechas de aquella gesta. San Alvino. El Chipote.
El año 1933 y las “paces”. Cuando “se juntó con Maradiaga a pelear”. Cuando
“…vino a se fue a colocar ay… (señala hacia El Chipote), esa fue la guerra
y dilató, …sólo ahí tuvo siete años”.
Lucío tuvo ocho hijos. Algunos murieron en la guerra. Sintió alegría cuando
terminó el conflicto, porque sus hijos y sus nietos, los que sobrevivieron,
regresaron y volvieron a estar todos juntos nuevamente. Eso recuerda con
la mayor satisfacción y alegría.
Alrededor de este viejo campesino nicaragüense estaban varios bisnietos
pequeños y un nieto que vive con él. Flaco, morenito, de bigote y pelo
canoso y no más de un metro con 50 centímetros y sombrero de paja, el
abuelo era escuchado con atención y en total silencio. ¡Estaban escuchando
al abuelo! Aprendiendo la historia de Caulatú. La memoria viva del lugar.
Nadie se movió durante la entrevista.
Don Lucío miraba constantemente hacia afuera de la casita de adobe y tejas
de barro. Miraba un árbol grande que la protege. A veces, tardaba en contestar.
Tal vez buscando las palabras y las imágenes del pasado. A lo mejor sólo
pensaba en el maíz que en este mes de agosto ya está dando los primeros
elotes tiernos. En realidad no sabemos bien qué pasaba por su cabeza.
Este viejito de la montaña, que mira el mundo desde sus emociones, tiene
muchas cosas que enseñarnos, si estamos dispuestos a aprender. Sólo estudió
un mes en la escuela cuando niño. Luego vino la guerra del 27 y ya no
se pudo. Y aún así ¡qué paradójico! Nos enseña.
Parece concebir el mundo de manera diferente y está tranquilo así como
está. No habla de la pobreza ni de necesidades. Sólo con la familia que
le queda, sus vaquitas y el pedazo de tierra para el maíz, está bien.
No concibe otro mundo.
Recuerda a su hermano Agapito, que anduvo con Sandino y murió en León,
después del arreglo con Moncada. Recuerda a su hijo Polo, que murió en
la guerra “Pobre hijo mío”. Recuerda al padre Madrigal y su tarea evangelizadora
y de investigación histórica. Los nombres de los poblados y aldeas. Las
guerras y el dolor que trajeron. Recuerda todo lo que es importante para
él y su comunidad. Y, por fin, aconseja:
“…Que vivan tranquilo. Unidamente. …que no se vayan a destrozar la eda
(la edad, la vida)…que sigan a como hemos vivido”.
Es posible y necesario escribir la historia de esas comunidades. Y hacerlo
a partir del testimonio de su gente. La visión de don Lucío González de
Caulatú es común a una gran parte de la población nicaragüense. La identidad
se define, también, a partir de ello. Para que Nicaragua se piense a sí
misma a partir de sus raíces.
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