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OJO
DE MUJER
La
inversión española
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| Sonia
Chirinos |
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La
inversión emprendida por empresarios extranjeros en un país distinto al
de su nacionalidad no tiene porqué diferenciarse mucho de la que estos
mismos podrían hacer en sus respectivos países. En realidad, en ambos
supuestos una u otra se mediría por la cuenta de resultados de su actividad.
En ambos casos, busca garantías para obtener el beneficio lógico que ha
de seguir a su apuesta económica.
Hace algunas décadas la inversión extranjera tuvo y retuvo muy mala prensa
(aunque dio lugar a una excelente literatura. Pienso, por citar el primer
ejemplo que se me viene a la memoria, en Cien Años de Soledad). Hoy las
cosas han experimentado un giro de 180 grados. La demagogia ha dado paso
a un discurso mucho más realista.
La inversión extranjera es un buen signo para un país, porque significa
que ese país cumple unos mínimos de exigibilidad absolutamente necesarios
para que el capital extranjero se avenga a invertir. La inversión extranjera
respeta las leyes nacionales; pero exige seguridad jurídica. En realidad,
no más que cualquier empresario nacional pediría para invertir con tranquilidad
en su país.
La inversión extranjera requiere de confianza en la justicia. Requiere
de leyes claras, bien aplicadas. Requiere, por tanto, de un grado mínimo
de confianza. Confianza en que no se van a producir cambios legislativos
sorpresivos. Confianza en que los jueces —los llamados “aplicadores de
la ley”— van a dictar sentencias razonablemente similares, en casos o
supuestos sustancialmente iguales.
Confianza en la estabilidad de las condiciones del mercado laboral. Y,
más que confianza, certeza de que se dictarán leyes que la favorezcan.
Que la convoquen, que la mimen, (con respeto al inversor nacional). Que
la animen.
Creo que hoy en día, no hay país que desprecie la inversión extranjera
y no sólo no se le desprecia, sino que ella misma anima al inversor nacional,
produciéndose, gracias a este fenómeno, resultados que se traducen en
creación de puestos de trabajo, introducción de tecnología e inclusive
usos empresariales recíprocamente nutridos del know how de cada cual.
Nicaragua se está convirtiendo en país receptor de inversión extranjera,
aunque ésta aún podría ser mayor. Y dentro de ella la inversión española,
aún incipiente, tiene capacidad para extenderse más. Ya hay algunos ejemplos
interesantes, pero el abanico (valga este símil, netamente español) no
ha sido abierto del todo.
Desde hace alguno años, España decidió apostar fuerte por Latinoamérica.
Gracias a lo cual está obteniendo pingües e insospechados beneficios.
La cuenta de resultados de Telefónica —por poner un ejemplo de ayer mismo—
acaba de presentarlos, y éstos han sido positivos gracias, precisa (y
no casualmente) a la inversión en América Latina.
Así de claro lo ha comunicado urbi et orbe. La banca española también
ha desembarcado en la América española con decisión. Como también compañías
petroleras, de construcción, de electricidad, de telecomunicación, vinícolas...
Grandes empresas, pero, con ellas, también la mediana y aún la pequeña
empresa española está descubriendo un mercado que ya es algo más que una
expectativa, o un sueño de aventureros o quijotes.
Bien cierto es que las enormes desigualdades sociales que hay en este
lado del mundo y que dividen las clases sociales de una forma tan espantosa,
marca bien claro (casi con sangre) quién puede y quién no puede consumir.
Es decir, América Latina como mercado de consumidores todavía no es tan
rotunda, como su índice de población podría hacer pensar. Pero, por algo
se ha de empezar. Y a nadie le cabe duda alguna que la inversión genera
puestos de mercado y éstos, a su vez, futuros consumidores nacionales.
Que España se haya convertido en una especie de portavoz de lo latinoamericano
ante el resto de países europeos comunitarios es una buena noticia, absolutamente
verificable. Que España, además, haya asumido con naturalidad su capacidad
de ser el primer inversor extranjero en muchos países latinoamericanos
es otra realidad de la que Nicaragua ha de sacar provecho.
Hay condiciones actuales. De hecho, ya han entrado algunas empresas españolas,
aunque, parafraseando a César Vallejo, haya hermanos, mucho que hacer.
Nos unen muchas cosas. Por supuesto, el idioma. Por supuesto, la cultura.
Pero hay algunas más sutiles. O profundas. España sabe lo que es haber
sido tildada como el país más atrasado de Europa. España sabe lo que es
haber sido un país sin garantías democráticas durante décadas. España
fue país de inmigrantes. Fue país que vendió mano de obra barata a los
europeos más ricos. Pese a todo lo cual, con una soltura de cintura digna
del mejor placador, se ha convertido en una potencia industrial. Antes
—ojo— fue un país que supo hacerse atractivo al inversor extranjero. En
este contexto, creo que de la mutua relación hispano-nicaragüense hay
mucho fruto que obtener. Y mucha experiencia que oír y compartir.
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