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COLUMNISTA
INVITADO
Las contracciones
y contradicciones del nuevo Agustín Jarquín
¿Perdió
su vocación de cazador el Caza-Ratas?
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Andrés
Pérez Baltodano
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Toronto.-
“No convence.” Esta fue la respuesta que me dio un estudiante universitario
y conductor de taxi hace dos semanas en Managua, después de que yo le
preguntara su opinión sobre las razones ofrecidas por Agustín Jarquín
Anaya para justificar su alianza política con el FSLN.
“No convence”,
fue mi respuesta a este joven trabajador nicaragüense cuando me preguntó
lo que yo pensaba sobre este mismo tema. No convence la lógica que utiliza
Agustín para justificar su acercamiento al FSLN. No convence la fundamentación
ética de su nueva postura. Y no convence la viabilidad política de su
proyecto.Agustín trata de justificar su nueva relación con el FSLN argumentando
que no tiene la “alternativa ideal”. Y como si la política fuese un programa
de complacencias, señala: “Lo que más me hubiera gustado… era la (opción)
del Movimiento Democrático Nicaragüense cuando tenía su conceptualización
original de la Tercera Vía…. Pero eso no está” (Confidencial, No.
206, 27 agosto-2 septiembre, 2000).
Es decir, el objetivo original de Agustín y su partido fue impulsar la
formación de la Tercera Vía como una manera de terminar con el control
y manipulación del sistema político nicaragüense por parte del PLC y del
FSLN.
Desafortunadamente, nos dice Agustín, el colapso de la Tercera Vía los
obligó a negociar con el FSLN. En otras palabras, al fracasar la posible
solución al empantanamiento del desarrollo democrático nicaragüense, Agustín
y su partido decidieron pasar a formar parte del problema.
Esta misma lógica fue utilizada por Agustín en sus declaraciones a Visión
Sandinista: “No podemos ser observadores buscando mejores tiempos o evitar
asumir iniciativas que pueden ser riesgosas o esperar que se clarifiquen
los nubarrones del día” (No. 34, agosto 2000). De acuerdo. Pero la amenaza
de los nubarrones no explica ni justifica que Agustín y su partido hayan
decidido reforzar el aguacero.
Dice Agustín que su decisión de convertirse en aliado del FSLN debe evaluarse
en función de las limitaciones que impone la realidad nicaragüense. “Usted
tiene una realidad que allí está, que es la que existe…,” señalaba Agustín
en sus declaraciones a Confidencial. “Lamentablemente este es el
país que tenemos actualmente. No hay otro país. ¿Me entendés?” No, este
argumento ni se entiende ni es aceptable, porque su fundamentación ética
no es ni creíble ni convincente.
La política no es —como a veces se argumenta— el arte de lo posible sino
la capacidad de ampliar el horizonte de la realidad. Así entendió la política
Nelson Mandela en su lucha contra el Apartheid. Así entendió la política
Václav Havel en su lucha contra el totalitarismo. Así entendió la política
Sandino en su lucha contra la intervención. Así entendió la política Pedro
Joaquín Chamorro en su lucha contra el somocismo. ¿Y por que no decirlo?
Así pensábamos que entendía la política Agustín, en su lucha contra la
corrupción.La fundamentación ética que utiliza Agustín para explicar su
nueva postura política lo justifica todo: Los principios deben doblegarse
ante la fuerza y acomodarse a la realidad del poder. Desde esta perspectiva,
el poder debe aceptarse como la escala normativa que mide y valora el
sentido de nuestras actuaciones. Esta aceptación oportunista del poder
y de la realidad existente convierte la acción política en una fuerza
reproductora de los límites dentro de los que se desarrolla la triste
historia política de nuestro desventurado país.
La política, especialmente en los pueblos marcados por el fracaso de sus
historias, debe abrir las paredes de la realidad inmediata para visualizar
la realidad posible que está siempre latente detrás de lo tangible. Si
la realidad concreta de la Nicaragua de hoy, esa que se nos presenta como
inevitable, es la del poder, la realidad posible, la que está presente
siempre como potencialidad histórica, es la que se funda en los valores
de justicia social y de libertad democrática a los que debe adaptarse
la realidad para construir la nueva historia.
Agustín respondería a esta crítica señalando que su intención es trabajar
dentro del sistema para modificarlo: Entrar a la panza de la bestia para
hacerla vomitar sus mentiras y contradicciones. Pero tampoco convencen
los argumentos que utiliza Agustín para mostrar la viabilidad de su cacareado
proyecto de gobernabilidad y su capacidad para modificar los valores y
la conducta política del FSLN.
La pepesca socialcristiana no tiene la capacidad de domar a la piraña
danielista. Eso lo sabe todo el mundo. Esto lo conoce Agustín. Esta verdad
no necesita de mayores demostraciones que las que ya ofrece Agustín en
su nuevo, dócil, resbaloso y contradictorio discurso.
El pecado político de Agustín no es haber formado una alianza con el FSLN.
Las alianzas forman parte de la dinámica política democrática. Tampoco
es culpable Agustín por haber empezado a asumir como propios los principios
del FSLN. Al fin y al cabo, todos tenemos el derecho de cambiar nuestras
posiciones políticas y nuestras ideas. El pecado de Agustín es que no
convence. No convence la lógica que utiliza en sus argumentos. No convence
la fundamentación ética de su nueva postura política. Y no convence la
viabilidad política de su proyecto.
¿Se equivocó Agustín? ¿Perdió su vocación de cazador el Caza-Ratas? ¿O
nos equivocamos todos los que creímos en él?.
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