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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 207/ Del 3 al 9 de septiembre de 2000

 

 
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OJO DE MUJER

De géner@s y arrobos

Lillian Levi

En español, la estructura del género gramatical es tan rígi- da, excluyente y perversa como en el orden político mis- mo. Requiere de elementos diferenciadores que, al conjugarse en el orden sintáctico de la lengua, no se articulan con suficiente claridad, o bien, exigen un alto cumplimiento de tecnicismos que atentan contra la economía del acto lingüístico, y por ende, resultan rechazados por el sentido común.

Recordemos que el uso es el soberano absoluto de cada idioma. De modo que si una forma no conviene al uso diario y común, será rechazada a diario y en común. En cuestiones de uso de un idioma no hay ciencia ni censura ni academia que valgan. Lo que, por supuesto, no anula las funciones de la ciencia y la academia.

Viene al caso que ante la necesaria visibilización del género femenino como sujeto social del lenguaje, se ha incurrido en la utilización del signo @ para significar ambigüedad de género, lo que nos conduce a las siguientes consideraciones sobre su uso y significación.

En tanto signo agregado a los demás signos de la lengua, presenta un primer problema: carece de valor fonético, por tanto, nadie sabe cómo pronunciarlo. Además, puesto que no corresponde a ninguna forma de género conocida, se convierte en basura gráfica y en un adefesio semántico.

Un segundo problema estriba en la estructura morfosintáctica misma del género gramatical, puesto que en español el género puede ser neutro, ambiguo, común o epiceno, además de masculino o femenino. Lo que nos llevaría, al momento de aplicar un mínimo de rigor en su utilización, a peliagudas disquisiciones en el terreno de la lingüística, la filología y la filosofía.

De hecho, nos llevaría de lleno al meollo de la filosofía política, para poder llegar a un consenso acerca de la atribución que compete a cada caso. Lo que, obviamente, atenta contra la economía del lenguaje y del pensamiento, en razón de que la convención arbitraria —una de las características del signo lingüístico— está dada por el uso habitual y cotidiano, y a su vez, el uso habitual y cotidiano de un término está determinado por su eficacia expresiva, requisito éste que no se cumple ni con la arroba ni con las formas abundantivas de diferenciación de género —las engorrosas las/os, el/la, etc—.

Está muy claro que aspiramos a una plena equidad de género como valor indispensable para un mínimo común de salud y bienestar social. Y que esa equidad debe plasmarse en la realidad viva del lenguaje, por ser el lenguaje en sí mismo instrumento y producto de la cultura, del pensamiento, de la sociedad. Tal equidad se llama equifonía, es decir, que uno y otro género suenan y valen por igual en el discurso social.

Pero la equifonía tan buscada no se resuelve con la adición de un mero signo que a lo sumo añade una intención de ambigüedad a nuestros enunciados y que no cumple con el propósito de visibilizar al género femenino. Más bien al contrario: añade complicaciones ineludibles y estériles.

Por ejemplo, las suscitadas por la concordancia de género y número que debe regir entre sujeto (o sustantivo) y sus respectivos complementos adjetivales y pronominales. Lo que nos obliga a recurrir a formas macarrónicas, cuando no abusivas, que serán rechazadas sin más por el sentido común del conglomerado de hispanohablantes.

El problema de la representatividad del género femenino en el lenguaje —y más en el caso específico de la lengua española— no es fácil de resolver, y no seré yo, ni organismo ni academia alguna quien lo resuelva, porque serán los hablantes quienes decidirán si adoptan o no unas u otras formas de expresión.

Forzar la representatividad mediante signos no lingüísticos o sintaxis reiterativas y farragosas nos agrega problemas gramaticales sin resolvernos el problema medular de representar a ambos géneros. Caeríamos en trabalenguas como aquel de la arzobispa de Constantinopla se quiere desconstantinopolizar, etc.

En asuntos del idioma nadie es profeta, como tampoco hay profetas en política. Y éste es ciertamente un asunto político, puesto que se trata de un problema de designación y representatividad, de atributos y funciones en un ámbito público, como es el lenguaje.

Sin embargo, cabe pensar que una posible —aunque improbable— solución de equifonía sería asumir al género masculino como sujeto implícito en las formas sintácticas femeninas, de la misma manera que se ha asumido desde siempre que las formas masculinas implican a ambos géneros.

Sería muy salomónico decir “la historia de la Mujer” implicando que es la historia de hombres y mujeres. Pero ¿se consideran representados los varones en esa enunciación? La mayoría responderá que no, y con ello, se invalida la intención de equifonía, de la misma manera que el conglomerado de las mujeres en tanto sujeto social sigue quedando en déficit de representatividad al no considerarse ellas representadas en el colectivo universalizante “el Hombre”.

Dicho de otro modo, si durante siglos hemos aceptado la universalización de las formas masculinas como género absoluto, no hay ninguna razón objetiva para no aceptar la feminización del género masculino como sujeto implícito en el colectivo femenino, porque “lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa”. Sin embargo, caeríamos en otro adefesio semántico, y el déficit de representatividad seguiría igual, pero en otro lado.

La inequidad entre los sexos no se resuelve, pues, con la adición de signos vacíos o fórmulas verbales macarrónicas. El desafío en el orden lingüístico es el mismo que en el orden social. No basta con sentar a una o a cien mujeres en las estructuras decisorias del poder. Se trata de modificar la mentalidad, el pensamiento, el orden social, la realidad entera, y al modificar la realidad social se modificarán sus expresiones verbales. La tarea es de todos y de todas.