Portada impresa Búsqueda
Ediciones AnterioresCorreo
Home
 
SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 206/ Del 27 de agosto al 2 de septiembre de 2000

 

 
Click!

 

 

 




Análisis

Agenda del sector privado

Donald Castillo Rivas

 
   
Roberto Terán ha sometido a consideración de los empresarios del país, del Estado y de la sociedad civil, un elemento que estaba faltando en el debate nacional: la agenda del sector privado. Lo primero que uno piensa es que se trata de una propuesta de programa, de las muchas que ya existen para “redimir” al país, pero en realidad es otra cosa. Si interpreto bien a los empresarios, ellos están pensando en desplegar un esfuerzo por reunir los planteamientos y aportes más sólidos sobre el crecimiento económico y avanzar en una estrategia integral del desarrollo.

Sin embargo, más allá de las políticas de crecimiento, la agenda debe abordar un conjunto de problemas que están técnicamente fuera del ámbito de acción de la economía, pero que guardan una estrecha relación con ella, como son los temas de justicia social, transparencia en el manejo de la cosa pública y gobernabilidad.

La situación general del país es particularmente difícil por la turbulencia política y los agudos problemas fiscales y monetarios. A la precaria credibilidad de las instituciones y partidos políticos, se suma ahora la desconfianza en el sistema bancario, a partir de la quiebra del INTERBANK.

Hay una desarticulación incomprensible y teóricamente aberrante, entre la macro y la microeconomía. Desde hace algún tiempo, algunos funcionarios nos quieren persuadir que es exitoso y suficiente que algunos indicadores macroeconómicos no se hayan derrumbado como antes, aunque se muevan en el filo de la navaja o en la cuerda floja. Algo que deja sin contestar la pregunta angustiosa de muchos empresarios: ¿por qué si al país le va tan bien, a mí me va tan mal?

La Segunda Gran Convención del Sector Privado va a dejar al descubierto la caótica situación de nuestro aparato productivo. Veremos una radiografía de un país enfermo en el que se está corriendo el riesgo de institucionalizar la incertidumbre.

Y porque no es solamente el gobierno el causante de todos los males, tampoco le debemos exigir todos los remedios. Y ese es, precisamente, el valor de la agenda del sector privado: una invitación al Estado, los sindicatos y la sociedad civil, para asumir una responsabilidad compartida en salvar a la Nación enferma.

En ese sentido la agenda también pondría a prueba el nivel de compromiso de los empresarios con la causa del bien común nacional, tanto en lo que respecta a las políticas públicas, como al esfuerzo individual por modernizar sus empresas para ser competitivos.

Por eso creo que la agenda del sector privado es útil, necesaria y urgente, pero no va a servir de nada si no se convierte en un instrumento de compromiso político con el Estado y con los demás sectores sociales. Resalto el tema político como una condición sine qua non para que la agenda logre tener un impacto positivo, en particular, que sea factor de un crecimiento económico sostenible.

Esto a su vez, conduce a dos consideraciones adicionales: una es que el compromiso político entre el Estado y la empresa privada tiene que ser de largo plazo, al menos por 20 años, y debe abarcar a todos los gobiernos que se turnen durante ese período.

La otra reflexión es que no debemos visualizar la agenda del sector privado en un sentido limitado, es decir, como la agenda del COSEP o de los empresarios que sólo buscan mayor rentabilidad en sus negocios. Esto último es parte del problema, pero no se reduce a eso ni mucho menos.

Para que este nuevo esfuerzo no se quede en buenas intenciones, la agenda tiene que ser una tarea colectiva, en tanto tiene que ver con la estabilidad del país y el presente y futuro de la Nación, incluyendo naturalmente un nuevo contrato social que recoja y abarque problemas que van más allá de los intereses inmediatos de la empresa.