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OJO
DE MUJER
Al
Gore saca la capa
de Superman
Gioconda
Belli
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Al Gore
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Los
Angeles, California.- No sé por qué será que Al Gore siempre me recuerda
a Clark Kent, el tímido reportero del diario El Planeta que se escondía
en un closet y salía convertido en Superman. A menudo en estos meses de
pre-campaña electoral en Estados Unidos me he preguntado si alguna vez
este parsimonioso y rígido Al Gore haría las del Clark Kent de los pasquines
y se transformaría en un candidato capaz de lograr que el Partido Demócrata
continuara en el poder.
Las perspectivas no parecían favorables. George Bush ha sido el favorito
en las encuestas. Aún demócratas convencidos expresaban su desilusión
y reticencia ante la figura de un candidato apagado, robótico y aburrido.
Hasta el 17 de agosto, día de clausura de la Convención Demócrata, las
perspectivas para Al Gore se presentaban bastante grises.
Era díficil imaginar cómo haría el tieso de Gore para tomar la bandera
de un antecesor como Clinton dotado, como los encantadores de serpientes,
con el poder de una personalidad magnética y llena de carisma.
Seguir la convención Demócrata en la televisión ha sido observar los enormes
esfuerzos de los creadores de imagen por convertir a Gore en un hombre
ya no digamos accesible, sino humano. Un jóven cineasta de Hollywood —el
director de la película “Being John Malovich”, Spike Jonze—, fue comisionado
para entrar en la intimidad de la vida familiar de Gore y probarle al
público que, detrás de esa figura acartonada, existía un amante esposo,
una persona capaz de reírse y un padre ejemplar.
Por la arena del Centro Staples de Los Angeles, sitio de la Convención
Demócrata, han desfilado durante estos días, uno tras otro personajes
sacados del círculo más próximo al vicepresidente, a dar testimonio de
que él es un ser de carne y hueso, capaz de emocionarse y actuar espontáneamente.
Su hija Karenna, una mujer joven, linda y que se dice ha sido muy influyente
en su campaña, se presentó el miércoles 16 ante los convencionales, a
contarles anécdotas de su infancia, de como su papá la esperaba con tazas
de chocolate caliente cuando ella se quedaba jugando en la nieve, de cómo
le ayudaba con sus proyectos escolares.
Momentos antes del discurso de Gore ante la convención, su esposa Tipper,
ayudada por grandes pantallas de TV que mostraban imágenes de la vida
del candidato desde sus días de estudiante, habló elocuentemente de las
cualidades humanas de su marido, de cómo él seguía manteniendo la integridad
que la llevara a ella a enamorarse de él treinta años atrás.
Gore apareció en la tarima luego de la estelar presentación de su mujer,
y entre los abrazos y besos que le dio, la música teatral de fondo y los
aplausos enfebrecidos de los convencionales, lució genuinamente emocionado.
En un momento hasta pareció luchar con las lágrimas. Se vio ciertamente
conmovido y humano.
Su discurso se concentró en la promesa de continuar con la prosperidad
iniciada por este ciclo de administraciones demócratas. Prometió profundizar
en las reformas educativas, defender el derecho de todos a la salud, salvaguardar
los beneficios de la seguridad social, usar el superávit para aliviar
las tasas impositivas de la clase media y baja dando incentivos fiscales
a quienes tengan a sus hijos en la universidad.
Dijo que los valores de la familia se defendían con menos crimen, más
seguridad ciudadana, controles en la venta de armas, protección de los
contenidos de la Internet. Reiteró el compromiso del Partido Demócrata
con los sectores menos favorecidos de la población norteamericana. Un
gobierno para el pueblo, no para los poderosos, dijo.
Aunque los contenidos del discurso cubrieron, como dijo un comentarista,
todas las aspiraciones de los votantes ofreciendo algo a cada grupo, lo
crucial del mismo fue que por primera vez Gore se quitó la personalidad
Clark Kent y se puso la capa de Superman de una manera más vigorosa y
creíble.
Saliéndole al paso a las críticas en referencia a su rígida personalidad,
dijo que la presidencia no era un concurso de popularidad, sino la elección
de la persona más capaz para hacer de los Estados Unidos un mejor país,
“el mejor país del mundo”.
Si Gore logra mantener el tono de este discurso en los ochenta días que
quedan de campaña electoral, es posible que logre derrotar a Bush. En
los Estados Unidos, la imágen del candidato es crucial. Las elecciones
norteamericanas sí son, en gran medida, un concurso de popularidad. Tanto
es así que los demócratas, a pesar de sus éxitos en la economía, han temido
que la imagen aburrida y rígida de Gore les arrebate la presidencia.
Este temor no es infundado, es real. Por eso el discurso de Gore en la
Convención, el hecho de que haya demostrado pasión y liderazgo, puede
alterar los pronósticos de una segura victoria para Bush.
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