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ROSTROS
DE NICARAGUA
La
historia de Estelí
Sergio
Caramagna
“Mi
abuelita acostumbraba llegar al panteón, me llevaba los cabos de año,
vea, mi ramo de flores, me pintaban la cruz y incluso, yo siempre que
voy a Estelí, ahora este año que pasó, yo anduve en Estelí y la pinté
porque ese, ese que está ahí si no es comando fue de la resis, si no
fue de la Resistencia, fue del Ejército, pero lo, lo, lo más cosa es
que hay, es que hay un humano enterrado ahí, entonces yo siempre lo
visito y, y ahí está mi nombre, y ese nombre no se lo borro hasta que
yo exista”.
Néstor
Sevilla Arce (Estelí)
Desmovilizado de guerra
No es un relato de ficción. Es el relato auténtico de un desmovilizado.
Un testimonio de la guerra que estremeció a Nicaragua y al mundo durante
diez años. Y cuyos efectos no sólo se miden en la caída de la producción
global ni en las pérdidas materiales e, incluso, en las cifras generales
de pérdidas de vidas humanas, cuantiosas por cierto todas ellas.
También se miden sus efectos en historias personales que, aunque parezcan
insólitas y dramáticas, enseñan hasta qué punto la sociedad nicaragüense
ha sufrido los efectos de la confrontación y el difícil camino de la reconciliación.
No se trata sólo de una historia curiosa. Es un testimonio, como muchos
otros, que merecerían recordarse. Que debe marcar nuestras conciencias
y nuestros sentimientos de manera definitiva.
A los 13 años, cuando aún era un niño, fue reclutado e incorporado a la
milicia sandinista. Cargó un arma y mil tiros en una tropa al mando de
un teniente. En el primer combate, cayó prisionero de la Contra. Se incorporó
luego a esa fuerza, y de 1983 a 1990 fue uno de los miles de jóvenes que
participaron en la guerra.
Después de aquel primer combate como miliciano, a su mamá le entregaron
un ataúd diciéndole que era su hijo y que no lo abriera. Ella lo veló
y lo sepultó en el cementerio con su nombre y cumplió todo el ritual que
se hace en estos casos. Los nueve días y el cabo de año, la cruz y el
nombre en la lápida. Muchas personas del barrio lo despidieron como a
un héroe.
En 1986 las autoridades militares de entonces informaron nuevamente a
la familia que su hijo Néstor había muerto en combate en las mesas de
Moropotente, a pocos kilómetros de Estelí, y que allí había sido enterrado.
Esta vez calificaron duramente a Néstor por su pertenencia a la Resistencia.
Cuando se inician las conversaciones de paz allá por 1988, se establece
un cese al fuego para facilitar que la Resistencia pudiera entregar las
armas de manera voluntaria.
Néstor es capturado en la zona de Chontales y llevado preso a la cárcel
de Estelí. En 1990 se firma la paz y se desmoviliza la Resistencia Nicaragüense,
iniciándose así la etapa de la pacificación y la reconciliación. Pero
Néstor sigue preso. Hasta que se logra tomar contacto con la familia y
su padre lo va a buscar a la cárcel.
La mamá estuvo más de dos días para reconocerlo. En los años posteriores
a su liberación, no encontró un lugar en una sociedad que trataba de sobrevivir
a los efectos del conflicto y que no tenía muchas posibilidades de acoger
a los desmovilizados. Al menos desde el punto de vista de las expectativas
que éstos albergaban en esos años.
En 1992 Néstor se integró al Frente Norte 3-80, bajo el mando de José
Angel Talavera Alaniz. Durante un año y medio anduvo en la montaña nuevamente.
Se desmovilizó en 1994. Con los programas de reinserción construyó su
propia casa, su primera casa y accedió a una parcela de tierra. Contribuyó
en las difíciles tareas de la pacificación a través de la organización
de su propia gente.
Su familia, incluyendo a su esposa e hijo, estuvo presente en la desmovilización
de Néstor, en Quilalí, durante abril de 1994. “Yo quiero hacer algo en
la vida para que mis hijos darles el estudio a como sea, para que mis
hijos se preparen y no sean los objetos de nadie”, expresa.
En la parte final de su testimonio, Néstor afirma: “Nunca jamás lo voy
a volver a hacer, porque cuando supuestamente lo que se estaba peleando
entre la Resistencia y el Frente Sandinista era una cosa entre hermanos,
campesinos hermanos todos porque nadie del otro el, el uno no era americano
ni el otro era soviético ve, sino éramos los mismos nicaragüenses”
No restan, después de este testimonio, muchas consideraciones adicionales.
Sólo insistir, una y otra vez, en que la verdadera pacificación y reconciliación
pasa por los sentimientos profundos de hombres y mujeres como Néstor.
Que esos sentimientos y experiencias deben ser tomados en cuenta. Que
requieren atención especial. Que no pueden ser tratados en el marco de
cifras globales y cálculos cuantitativos. Que esas experiencias, sean
tomadas del sector que sea, marcan la vida de las personas para siempre.
Es muy difícil explicar aquí qué ha pasado con la mamá de Néstor. Ella
vivió la muerte de su único hijo en dos oportunidades. Vivió el duelo
de la pérdida irreparable dos veces. Dos veces lo lloró.
La reconstrucción del tejido social dañado por la confrontación requiere
tiempo y esfuerzo. Tiempo que permita ir restañando lentamente las heridas.
Esfuerzo sostenido para que hombres y mujeres como Néstor encuentren un
lugar en la sociedad. Simplemente eso: un lugar. Con todo lo que ello
implica. Pensemos un momento en este testimonio. Y pensemos en nosotros
mismos. Pensemos en Nicaragua. Pensemos, a partir de Néstor, en grande.
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