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SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 5/ No. 203/ Del 6 al 12 de agosto de 2000

 

 
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ROSTROS DE NICARAGUA

La historia de Estelí

Sergio Caramagna

“Mi abuelita acostumbraba llegar al panteón, me llevaba los cabos de año, vea, mi ramo de flores, me pintaban la cruz y incluso, yo siempre que voy a Estelí, ahora este año que pasó, yo anduve en Estelí y la pinté porque ese, ese que está ahí si no es comando fue de la resis, si no fue de la Resistencia, fue del Ejército, pero lo, lo, lo más cosa es que hay, es que hay un humano enterrado ahí, entonces yo siempre lo visito y, y ahí está mi nombre, y ese nombre no se lo borro hasta que yo exista”.

Néstor Sevilla Arce (Estelí)
Desmovilizado de guerra


No es un relato de ficción. Es el relato auténtico de un desmovilizado. Un testimonio de la guerra que estremeció a Nicaragua y al mundo durante diez años. Y cuyos efectos no sólo se miden en la caída de la producción global ni en las pérdidas materiales e, incluso, en las cifras generales de pérdidas de vidas humanas, cuantiosas por cierto todas ellas.

También se miden sus efectos en historias personales que, aunque parezcan insólitas y dramáticas, enseñan hasta qué punto la sociedad nicaragüense ha sufrido los efectos de la confrontación y el difícil camino de la reconciliación.

No se trata sólo de una historia curiosa. Es un testimonio, como muchos otros, que merecerían recordarse. Que debe marcar nuestras conciencias y nuestros sentimientos de manera definitiva.

A los 13 años, cuando aún era un niño, fue reclutado e incorporado a la milicia sandinista. Cargó un arma y mil tiros en una tropa al mando de un teniente. En el primer combate, cayó prisionero de la Contra. Se incorporó luego a esa fuerza, y de 1983 a 1990 fue uno de los miles de jóvenes que participaron en la guerra.

Después de aquel primer combate como miliciano, a su mamá le entregaron un ataúd diciéndole que era su hijo y que no lo abriera. Ella lo veló y lo sepultó en el cementerio con su nombre y cumplió todo el ritual que se hace en estos casos. Los nueve días y el cabo de año, la cruz y el nombre en la lápida. Muchas personas del barrio lo despidieron como a un héroe.

En 1986 las autoridades militares de entonces informaron nuevamente a la familia que su hijo Néstor había muerto en combate en las mesas de Moropotente, a pocos kilómetros de Estelí, y que allí había sido enterrado. Esta vez calificaron duramente a Néstor por su pertenencia a la Resistencia.

Cuando se inician las conversaciones de paz allá por 1988, se establece un cese al fuego para facilitar que la Resistencia pudiera entregar las armas de manera voluntaria.

Néstor es capturado en la zona de Chontales y llevado preso a la cárcel de Estelí. En 1990 se firma la paz y se desmoviliza la Resistencia Nicaragüense, iniciándose así la etapa de la pacificación y la reconciliación. Pero Néstor sigue preso. Hasta que se logra tomar contacto con la familia y su padre lo va a buscar a la cárcel.

La mamá estuvo más de dos días para reconocerlo. En los años posteriores a su liberación, no encontró un lugar en una sociedad que trataba de sobrevivir a los efectos del conflicto y que no tenía muchas posibilidades de acoger a los desmovilizados. Al menos desde el punto de vista de las expectativas que éstos albergaban en esos años.

En 1992 Néstor se integró al Frente Norte 3-80, bajo el mando de José Angel Talavera Alaniz. Durante un año y medio anduvo en la montaña nuevamente. Se desmovilizó en 1994. Con los programas de reinserción construyó su propia casa, su primera casa y accedió a una parcela de tierra. Contribuyó en las difíciles tareas de la pacificación a través de la organización de su propia gente.

Su familia, incluyendo a su esposa e hijo, estuvo presente en la desmovilización de Néstor, en Quilalí, durante abril de 1994. “Yo quiero hacer algo en la vida para que mis hijos darles el estudio a como sea, para que mis hijos se preparen y no sean los objetos de nadie”, expresa.

En la parte final de su testimonio, Néstor afirma: “Nunca jamás lo voy a volver a hacer, porque cuando supuestamente lo que se estaba peleando entre la Resistencia y el Frente Sandinista era una cosa entre hermanos, campesinos hermanos todos porque nadie del otro el, el uno no era americano ni el otro era soviético ve, sino éramos los mismos nicaragüenses”

No restan, después de este testimonio, muchas consideraciones adicionales. Sólo insistir, una y otra vez, en que la verdadera pacificación y reconciliación pasa por los sentimientos profundos de hombres y mujeres como Néstor. Que esos sentimientos y experiencias deben ser tomados en cuenta. Que requieren atención especial. Que no pueden ser tratados en el marco de cifras globales y cálculos cuantitativos. Que esas experiencias, sean tomadas del sector que sea, marcan la vida de las personas para siempre.

Es muy difícil explicar aquí qué ha pasado con la mamá de Néstor. Ella vivió la muerte de su único hijo en dos oportunidades. Vivió el duelo de la pérdida irreparable dos veces. Dos veces lo lloró.

La reconstrucción del tejido social dañado por la confrontación requiere tiempo y esfuerzo. Tiempo que permita ir restañando lentamente las heridas. Esfuerzo sostenido para que hombres y mujeres como Néstor encuentren un lugar en la sociedad. Simplemente eso: un lugar. Con todo lo que ello implica. Pensemos un momento en este testimonio. Y pensemos en nosotros mismos. Pensemos en Nicaragua. Pensemos, a partir de Néstor, en grande.