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OJO
DE MUJER
El
Caribe que
llevamos dentro
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Mildred
Largaespada
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Abrís el libro de fotografías de María José Alvarez y Claudia Gordillo
y te empiezan a pasar cosas: te llevan río Coco arriba, te traen a Lheimus,
luego te trasladan a Puerto Cabezas, te pasean por Pearl Lagoon, te instalan
un rato en Karawala, te suben, te bajan, te meten en una casa, te sacan,
te vuelven a meter en otra, te llevan en barca por la Bahía de Bluefields,
te asoman a Little Corn Island, te invitan a bailar en Mayo Ya, asistís
a un Walla-gallo y, y, y. ¡Cuánto ritmo vital hay en este libro!
¿Será el ritmo de la Costa Caribe nicaragüense, el ritmo de las autoras,
o el mío frente a unas fotografías que me están contando multitud de cosas
sobre mí? Y le han titulado “Estampas del Caribe Nicaragüense”, cuando
lo que hay allí dentro es todo un mundo vivo, vibrante.
Para empezar, con la fotografía que ilustra la portada, que a pesar de
estar acotada por los márgenes del formato, se sale de ella misma, negándose
al encierro. Es una bella fotografía de las señoras doña Isabel y doña
Leonor Mena, que sostienen una foto de su familia, entregándonos una realidad
tridimensional: la de quien hace la foto, la de ellas y la de la foto
dentro de la foto. Es también una fotografía donde vos podés hacer un
zoom con tu mirada y luego ir ensanchando tu propia lente hasta abrirlo
al límite de tus posibilidades.
Esta fotografía es como la advertencia de lo que vas a encontrar dentro
del libro, que es presentado como catálogo de la exposición que se exhibe
actualmente en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA),
de la UCA. Pero es también un libro-objeto, fabricado como propuesta artística,
un objeto artístico.
El libro es una propuesta de la interpretación que hacen las artistas
sobre la Costa Caribe. ¿Cómo mirar la mirada de las fotógrafas María José
Alvarez y Claudia Gordillo? Hay muchas lecturas: podés detenerte en la
pobreza que se revela en el fondo del escenario; también, leerlo como
un repertorio de actividades y costumbres de la gente; incluso, podés
decidir tu lectura en función de cómo definís tu posición: hay gente que
será capaz de leerlo como “así viven ellos”, evidenciando la distinción
y la diferencia. Otros optarán por una lectura de “así vivimos nosotros”.
O como escribe acertadamente Margarita Vannini, en la presentación del
libro: “Nuestra mitad caribeña”.
Pero también podés dejar que las fotografías te indiquen la calidad de
tu mirada, y ese fue el camino por el que opté. Resultado: observo una
dignidad y belleza en las expresiones y rostros de la gente, no hay burlas
al acontecer representado, e incluso hay una desmitificación de prejuicios
que alguna gente del Pacífico y del centro del país ha alimentado sobre
la gente que vive en la Costa Caribe. Un ejemplo de esto es aquel estereotipo
que narra a los costeños como “gente que no trabaja”. ¡Pues en estas fotografías
todo el mundo sale trabajando!
Hay fotografías que evidencian las actividades laborales: haciendo pan,
rallando yuca, escribiendo, enseñando música o ensayando con un instrumento
musical, pescando, limpiando pescados, cuidando niños, canaleteando, cultivando
piñas, leyendo textos en lengua rama y, enseñando a leer y escribir, ésta
última una fotografía bastante tierna, por lo que de tierno tiene la enseñanza
y el aprendizaje de unos niños y unas niñas, atentas a ese descubrimiento
del mundo.
Son 74 imágenes, la primera parte inicia con la obra de Alvarez y la segunda
con la de Gordillo. ¿Son las mismas miradas? Pues he observado que tienen
en común la preferencia por los retratos. Es quizá, desde mi mirada sobre
sus miradas, el género con más fuerza. Rostros potentes o poderosos nos
miran desde diversos escenarios, que no se quedan sólo como el marco que
contiene al rostro sino que son parte del retrato. Particularmente la
fotografía que le hace Claudia Gordillo a Jovita Knight, con su larga
cabellera oscura y un rostro limpio y tranquilo.
En ese mismo género del retrato la fotografía de María José Alvarez sobre
sus vecinas, que hace de continuidad al retrato de las señoras Mena, y
más adelante, encadena con las Gemelas garífunas.
Esta continuidad, la cadena, el lazo entre la gente, es otra de las cualidades
que ambas comparten. Gordillo evidencia el continuum con el retrato de
familia de Imaila con sus hijos, en el baile durante Mayo Ya, una danza
que enseñan los mayores a las nuevas generaciones. Alvarez, retrata el
Walla-gallo y se observa a los niños dentro del ritual, que es también
aprendizaje.
¿Las fotógrafas se asoman a la realidad costeña o se apropian de ese mundo?
Un indicador del involucramiento de las artistas son los títulos de las
fotografías. Desde el “Mis vecinas”, de María José, hasta la titulación
con nombres y apellidos que hacen ambas —Mrs. Dominga, Imaila, Emos, Doña
Valentina— todo indica que las autoras no se han querido alejar de los
sujetos fotografiados abandonándolos a un anonimato inmerecido, y han
optado por darles rango de personas.
Cuando alguna gente se refiere a la Costa Caribe le atribuyen calificativos
como “lejana”, “desconocida”, “misteriosa”. Y pregunto: ¿lejos de qué
o quiénes? ¿desconocida para quiénes? ¿misteriosa para quiénes? Está claro
en el libro que la visión del mundo que nos proponen las fotógrafas es
una que acorta las distancias, y nos da la opción de escoger el tamaño
de la barrera que queramos colocar. Ya será un asunto de valorar la construcción
o destrucción de muros, fronteras y prejuicios.
Allí está el libro-objeto artístico, acompañado de un estudio de la doctora
María Dolores Torres, que nos ofrece más herramientas para analizar la
obra propuesta por las fotógrafas. Un texto de gran utilidad para debatir
más tarde sobre las maneras de registrar nuestra memoria y legarla a nuevas
generaciones.
Por ahora, regresaré a la fotografía que Claudia le hizo a Egland tocando
el banjo —no me pregunten por qué, pero es una bella foto— y a la del
dormitorio de Old Bank que capturó María José, porque tampoco sé por qué,
pero me parece que en ese dormitorio se debe dormir bastante bien y tener
sueños lindos.
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