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Análisis
México:
después
del terremoto...
María
Lourdes Pallais
Fue un terremoto lo que ocurrió en México el pasado 2 de julio, y los
sobrevivientes están todavía pasmados, sin saber bien cómo reaccionar.
Cierto, no fue un sismo provocado por la naturaleza, pero sí tuvo efectos
similares. Muchos edificios quedaron en pie, otros aún se tambalean y
algunos son sólo escombros.
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En escombros
quedó, por ejemplo, el edificio que albergaba la figura presidencial.
Dentro, desplomado cayó el gran Tlatoani, el enviado de los dioses cada
sexenio, intocable, incapaz de cometer errores, siempre trabajando por
el bien de la población. En la prensa, la radio y la televisión, en los
actos públicos, siempre se daba cuenta de la grandeza de ese tótem al
que sólo era permitido criticar muy quedito, en la intimidad del hogar,
o una vez que era el turno del siguiente.
Los
terremoteados
Y un decrépito pero monumental edificio se está tambaleando, el del Partido
Revolucionario Institucional. Cruje por aquí, se desmorona por allá, pero
sigue en pie. La lucha de sus inquilinos es decidir si le ponen una carga
de dinamita de una buena vez, o si, sobre los cimientos, logran reconstruirlo.
“O cambia o se marchita sin remedio,” afirma una de sus inquilinas más
añejas, Alba Esther Gordillo.
Otro inquilino de la vieja guardia, Gustavo Carvajal Moreno, personaje
entrañable para los protagonistas de las luchas latinoamericanas en décadas
pasadas, el terremoto sólo “le cortó un brazo” al PRI. “Pero aún le queda
otro”, advierte el ex presidente de ese vetusto partido, cuyo edificio
se mantuvo erguido durante 71 años.
Niega que la culpa del terremoto del 2 de julio tenga un único responsable.
“(El ex Presidente) Miguel de la Madrid fortaleció al partido, los sectores
estaban sólidos, fuertes. Después, algunos priístas plantearon al presidente
(Carlos) Salinas el cambio del partido a un sistema europeo, lo que finalmente
no se dio. Pero dejó de encabezar movimientos, luchas, y la solución de
problemas. Entonces, no se puede hablar de un responsable, somos muchos”,
admite.
Otro edificio que se tambalea un tanto es el del Ejército. Nada sorprendente.
Después de todo, el triunfo de un candidato a la Presidencia de México
que no pertenece al PRI, el culpable del terremoto, tenía que provocar
fisuras en la estructura del edificio del Ejército. Casi tan poderoso
como el gran Tlatoani, el Ejército, leal producto de las instituciones
“terremoteadas”, bastión de la soberanía nacional, respetuoso de la voluntad
popular, tenía que ser afectado.
Tras el terremoto del 2 de julio, la reconstrucción de todo el aparato
que le ha dado razón al sistema político en México está en la mira de
todos. Y a ello no escapa el Ejército, al que ahora se le pide que deje
de ser una isla ajena al control de la sociedad y que se clarifiquen los
sistemas de ascensos y de nombramientos en cargos importantes.
Institución
cerrada, al Ejército se le acusa de estar más al servicio del grupo en
el poder que de la sociedad. Durante el sexenio de Miguel de la Madrid
se habló insistentemente de la complicidad de altos oficiales con el narcotráfico.
Las sospechas llegaron hasta el secretario de la Defensa, Juan Arévalo
Gardoqui, asunto nunca esclarecido.
En tanto, a la población, aún aturdida por los efectos del sismo, le parece
importar poco lo que se derrumbó, lo que está por caerse, lo que ya es
escombro. “Está pasmada por el vuelco político que ella misma provocó,”
según un periodista local. “El saldo no lo tiene muy claro. La gente apenas
se está recuperando del impacto,” agregó.
Fox:
¿un nuevo Mesías?
Para calmarlos, para prometerles mejores tiempos y mejores edificios,
está Vicente Fox Quesada, el presidente electo a partir del primero de
agosto.
Tras tomar cursos acelerados de dicción, de urbanismo y de historia de
México, el causante del terremoto se pasea por el derrumbe sin decir palabrotas,
con la tranquilidad del nuevo Mesías, cual encantador de serpientes, seduciendo
a los moribundos y a los confundidos, prometiendo nuevos escenarios para
todos los gustos.
Al margen del terremoto, hay que aceptar que México logró un exitoso y
pacífico proceso de transición política que algunos llaman “de terciopelo”,
pero que, inevitablemente, va a incrementar la complejidad y la incertidumbre
política en el país en el corto plazo.
Es decir, por más que el impacto del terremoto haya sido brutal, los pactos
de reconstrucción podrían comenzar a fluir. Algo así es lo que decían
los tratadistas del pacto social, desde Hobbes hasta Locke: el mundo era
violento y dejó de serlo cuando los hombres acabaron por reconocer —algunos
por la imposición y otros por el acuerdo— que la única manera de ganar
era organizándose.
Fox, el flamante vencedor, y Cuauhtémoc Cárdenas, el terco opositor, se
reunieron la semana pasada, y según declaró el virtual Presidente electo,
convinieron “mantener una relación sana, constructiva, transparente; entendiendo
claramente las diferencias de opinión, en posturas políticas, pero a la
vez, con la misma voluntad de buscar acuerdos y consensos en todo lo que
sea posible”.
No parece, entonces, avecinarse una oposición frontal y violenta entre
el PRD y Fox, como la que surgió cuando triunfó en Nicaragua Violeta Chamorro
en 1990. Ya el PRD ha dado señales de convertirse en una oposición moderada,
cuya política será de tipo pragmático, dispuesta a establecer acuerdos
legislativos, al menos. Y los conflictos internos del PRI le impiden ver
más allá de su propio terreno, dónde las bases han perdido dirección y
coherencia.
Los
hombres del Foxismo
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Terremoto
aparte, el que se pasea como triunfador es Fox, no su partido, Acción
Nacional. Se habla de “Foxismo,” incluso. ¿Y qué es el Foxismo? Pues ni
más ni menos que un movimiento centro-derechista, clase-media, caudillista,
pragmático, cuyo destino está en las manos de Fox, quien, según el corrido
de su campaña, “tiene los pantalones bien puestos, no se le arruga a nadie,
no tiene cuenta pendiente”, y, quizás, lo más importante para la gente
que votó por él, “es el que sacará al pobre de pobre con un trabajo decente.”
Para ayudarlo en la espectacular tarea, Fox anunció de manera reciente
al equipo de colaboradores de su gobierno, cuya estructura se parece más
a la de Estados Unidos que a la del México priísta. Entre ellos destacan
Porfirio Muñoz Ledo, ex priísta y añejo político de garras, como coordinador
de “la Mesa de Estudio sobre la Reforma del Estado.” Los rumores son que
podría, incluso, ser nombrado Secretario de Gobernación.
El politólogo Jorge Castañeda, balsero de la izquierda y asesor de Fox
durante su campaña, fue nombrado uno de los dos coordinadores del Area
de Relaciones Internacionales. Sobre Castañeda, se dice que podría llegar
a ser una especie de vicepresidente y asesor de primera fila.
Tanto Muñoz Ledo como Castañeda son conocidos en el ambiente pre terremoto
de México. Pero el coordinador del área económica no lo es. De nombre
Luis Ernesto Derbez, es licenciado en economía en la Universidad Autónoma
de San Luis Potosí, con maestría en economía de la Universidad de Oregón
y doctorado en economía de la Universidad Estatal de Iowa.
Según su curriculum vitae, ha colaborado como consultor independiente
con la oficina del Banco Mundial en la ciudad de México y el Banco Interamericano
de Desarrollo en la ciudad de Washington, D.C. En enero de 1999, Derbez
fue seleccionado por el BID para encabezar el grupo de consultores que
asesoró a los gobiernos de Honduras y Nicaragua en la preparación de los
Programas Nacionales de Recuperación Económica y Rehabilitación de Infraestructura,
tras el Huracán Mitch.
A partir de julio de 1997, Derbez se integró al equipo de Fox como director
del Programa Económico 2000-2006 que sirvió como propuesta por este último
a lo largo de su campaña por la Presidencia de la República.
Según Fox, sus colaboradores “integran un grupo plural con una clara convergencia
en torno a los compromisos que he asumido con todos los mexicanos”. “Trabajarán
con honestidad, con armonía y creatividad y con un alto sentido de responsabilidad.”
Y Fox dice que ya es tiempo de iniciar un nuevo milagro económico de crecimiento
y empleo; de que la economía crezca al 7 por ciento; de trabajar para
los emprendedores y pequeños empresarios: de contar con una política industrial
para la innovación y la competitividad: de diversificar las oportunidades
en el campo y de establecer una nueva plataforma de desarrollo, entre
otro sinnúmero de cosas.
Hoy, foxistas de última hora se retratan sonrientes ante los cazadores
de talentos en busca de chamba y nuevos aires. Patrones enriquecidos gracias
al compadrazgo del pasado reciente, descubren de hinojos las virtudes
del cambio y la honradez y se pliegan al rigor de la época.
Las reformas de su equipo económico podrían provocar enormes sacudidas.
No las que gozan de buena reputación, como las relativas a la educación
o a la microindustria. Más bien, otras, como la reforma eléctrica —pospuesta
por la Administración saliente— o la reforma fiscal prometida, podrían
ser un botón de muestra de los desafíos que tendrán que afrontar Fox y
su equipo a la hora de las piedras pómez.
Así empieza a reconstruirse el México post-terremoto priísta, con un equipo
que combina lo añejo con lo “yuppie” post-moderno.
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