Portada impresa Búsqueda
Ediciones AnterioresCorreo
Home
 
SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 4 / No. 197 / Del 25 de junio al 1 de julio de 2000

 

 
Click!


 

 


OJO DE MUJER

La sucesión de Alemán

 
Cristiana Chamorro  

La sucesión del presidente Arnoldo Alemán es un tema partidario, pero al mismo tiempo de interés y preocupación nacional. La forma en que se establezca su traspaso de mando decidirá la suerte no sólo del Partido Liberal, sino también de Nicaragua, ya que el país experimentará un avance o un retroceso en lo que a democracia se refiere.

Hasta ahora, las sucesiones liberales se han caracterizado por la personalización caudillista, generación de violencia, atrasos económicos y gestaciones de dinastías y dictaduras.

Es cierto que de conformidad con la Constitución, Alemán deberá salir de la Presidencia el 10 de enero del 2002. Sin embargo, el mandatario no ha podido sustraerse a la idea de romper el calendario electoral promoviendo una Constituyente con fines continuistas, como último eslabón del pacto Alemán-Ortega.

Ambos caudillos esperan los resultados de las elecciones municipales para definirse en cuanto a la tentación constituyentista. Si Daniel Ortega no encuentra ventajas en apoyar la Constituyente, el Presidente de la República terminará este año envuelto en una “crisis de sucesión”. Apoyar a alguien, le dividiría el PLC, y de no inclinarse por nadie generaría desconfianza nacional.

Un presidente en “crisis de sucesión” provocaría descontrol en la gestión gubernamental, incertidumbre alrededor de la justeza electoral, desórdenes en el plano económico y político, e inseguridad para la inversión nacional y extranjera. Por otra parte, las fuerzas opositoras capitalizarán al máximo la debilidad del gobierno y los errores de un mandatario desgastado políticamente.

La cancelación del tema de “la sucesión” en la agenda de la Gran Convención Liberal programada para el próximo 11 de julio, es el primer síntoma de esa crisis del Presidente. “No se abordará el asunto porque Alemán no tiene el partido en la mano después del conflicto con José Antonio Alvarado”, aseguran fuentes liberales.

La negativa presidencial a discutir el punto evidencia otros aspectos de esa “crisis de sucesión”:

1. El surgimiento de un líder liberal entraría en competencia con los últimos tiempos del caudillo en el poder y le quitaría autoridad en dos sentidos: primero, para negociar los detalles de su propia sucesión, y, segundo, restaría capacidad a la Presidencia de la República para seguir siendo trafico de influencias y fuente de negocios por un año más entre amigos, familiares y allegados.

2. Si el tema no se aborda en una Gran Convención, es claro que la sucesión de Alemán será por la vía del autoritarismo caudillista, un “dedazo” que le asegure, por lo mínimo, dos cosas: una cuota importante de poder en un futuro gobierno liberal y la inmunidad con impunidad necesaria para no rendirle cuentas al pueblo.

Si a todas luces el Presidente no esta listo para actuar democráticamente en la sucesión del poder, una se pregunta: ¿Cuál va a ser la actitud de “los príncipes liberales que pretenden ser coronados”? ¿Cómo van a asumir su responsabilidad histórica en la sucesión de Alemán?

Si se someten a los dictados del “jefe” en contra de la democracia interna del partido, lógicamente no son consecuentes con el fortalecimiento de un sistema democrático para Nicaragua. Aceptar en silencio la desinstitucionalizacion de un partido importante, es lo mismo que estar en contra de la institucionalización del Estado. Su complicidad con el autoritarismo y el conformarse con una posible vicepresidencia, no los libera de su irresponsabilidad con la democracia en Nicaragua.

Y habría que preguntarse también por aquellos liberales que, por su edad y otras razones, no están en la categoría de los “príncipes”, pero tienen asignada una banca en la espera de la sucesión. Como en los mejores equipos de béisbol, no ocultan su aspiración de un segundo turno al bate supuestamente ofrecido.

Analistas consultados aseguran que “los príncipes” nunca van a llegar a la Presidencia por la vía del “dedazo”, porque no arrastran votos. Además, en la cúpula liberal priva la teoría de que los liberales de mas edad: padrinos, compadres, vicepresidentes y viejos compañeros de mesa, tienen ventajas competitivas sobre los primeros.

La lógica detrás de este aspecto de la sucesión es que alguien de menor edad dificultaría el retorno de Alemán para el 2006. Expertos en imagen consideran que un heredero mayor no competiría con el relanzamiento del ex presidente, quien para entonces explotaría su figura de padre con hijos recién nacidos en los brazos.

Por otra parte, se asegura que entre más edad tenga el sucesor, más dependiente será del caudillo y del partido. Sus años lo inclinan a seguir con las políticas de su antecesor y a tener prudencia en iniciativas propias.

En esta línea de sucesión las últimas apuestas políticas dan posibilidades a figuras como la del vicepresidente Bolaños. Se le reconoce como “un buen subordinado” que jamás ha cuestionado al Presidente en su enriquecimiento personal, en políticas de gobierno o en los actos de corrupción gubernamental.

“No ha querido irritar a quien va a tener la decisión final”, dicen los allegados del vicepresidente cuando les preguntamos por qué Bolaños no ha combatido la corrupción con la energía deseable.

La candidatura de Bolaños se cabildea en los siguientes términos: primero, como una oferta de seguridad para quienes otra vez votarían sólo por temor a un regreso de Daniel Ortega; segundo, sugieren que Bolaños podría arrastrar votos conservadores “zancudos” que están indecisos e incómodos con el relevo generacional que ha ocurrido en el conservatismo; y, tercero, lo presentan como garantía de estabilidad laboral partidaria.

Aseguran que con Bolaños, el diputado Alemán seguiría gobernando desde la Asamblea Nacional con una mayoría necesaria para mantener al nuevo titular del Ejecutivo sometido, como lo ha sido en la Vicepresidencia.

La sucesión del presidente Alemán planteada en estos términos es un asunto que trasciende al liberalismo. Significa la consolidación de otro partido centralista y verticalista, con todas las características necesarias para la consolidación de una dictadura partidista y la reafirmación del caudillismo en Nicaragua, como referencia de liderazgo político.

A un año y medio de las elecciones presidenciales, el Diálogo Nacional debería servir para evitarle una crisis de sucesión a los nicaragüenses. Necesitamos acuerdos nacionales que comprometan elecciones transparentes, en tiempo, y, además, la democratización interna de los partidos para avanzar en la constitución de un sistema democrático basado en la sanidad de dichas instituciones políticas.