Portada impresa Búsqueda
Ediciones AnterioresCorreo
Home
 
SEMANARIO DE INFORMACION Y ANALISIS
AÑO 4 / No. 195 / Del 11 al 17 de junio de 2000

 

 
Click!


 

 


Columnista Invitado

¿Un programa para la tercera vía?

Donald Castillo Rivas

La tercera vía es una opción política ante los desafíos que presentan las sociedades modernas. Sus militantes, en varios países, sustentan una visión sociopolítica bien estructurada y plantean un programa económico intermedio entre el neoliberalismo y la socialdemocracia.

Alain Touraine, el conocido sociólogo francés, dice que “hay dos formas de evaluar la tercera vía. O es un anuncio de la reaparición de los temas propios de la izquierda en un mundo dominado por políticas de derecha, o, lo que me parece más propio, el modo que tienen los políticos de centro izquierda de hacer una política de centro derecha”.

En Nicaragua es difícil definir la tercera vía como proyecto político. Un amigo me decía que no existe, pero que si llegara a materializarse serían todas aquellas personas que no forman parte del PLC ni del FSLN y que pretenden gobernar de manera diferente a ambos partidos si acceden al poder.

Teóricamente, entonces, la clientela política de la tercera vía sería el 55% de electores que no están seguros por quién votar, lo que surgiere algunas interrogantes: ¿Quién garantiza que ese alto porcentaje sería un voto cautivo, o voto fácil, para cualquier opción diferente del PLC y del FSLN? ¿Está la gente emocionalmente como estaba antes de 1979, cuando pensaba que mejor que Somoza cualquier cosa?, o por el contrario, ¿no será que los electores —especialmente los jóvenes—, están esperando proyectos alternativos para decidir su voto?

Lo cierto es que hasta ahora no hay programas ni ideas novedosas sobre las cosas que la tercera vía haría de manera diferente de lo que han hecho todos los gobiernos, incluyendo el actual. Lo único que escuchamos y observamos son cosas recurrentes de nuestra política doméstica.

En una sociedad moderna como la que aspiramos, la palabra clave es competitividad, lo que significa ser eficientes no sólo en los mercados sino también en la política. Los temas de la lucha contra la corrupción, la independencia de los poderes del Estado, el combate a la pobreza, el crecimiento económico sostenible y la gobernabilidad, deberían darse por sentados. Lo que quisiéramos escuchar es cómo podríamos hacerlo, o si no somos capaces de lograrlo.

Hay muchas asignaturas pendientes y espacios en los que podemos incidir si es que queremos abandonar el primitivismo político y atraso económico. La lista es demasiado larga, pero muy pocos se preocupan de discutir propuestas y construir consensos. La mayoría todavía confía en la improvisación y las soluciones “desde afuera”.

No se trata de incapacidad intelectual ni mucho menos. El problema lo constituyen las prioridades de nuestra política ancestral: evitar que la gente llegue, no al final de sus metas, sino al punto de partida. Es otra forma de practicar el aborto en Nicaragua.

En esas condiciones, y a juzgar por los últimos acontecimientos, la tercera vía corre el peligro de morir. Sin embargo, todavía está a tiempo de revertir el viejo estilo de hacer política por algo más creativo, que conduzca a poner mayor atención, imaginación y racionalización en todo aquello que separare lo que conviene a la nación de lo que la erosiona.

Una propuesta estratégica debería estar íntimamente vinculada a un nuevo contrato social, en el que acuerdos razonablemente factibles de carácter político, institucional, social, económico y educativo, ocupen un lugar relevante de la agenda nacional.

Después de diez años de transición democrática, los ciudadanos comunes y corrientes sabemos distinguir entre los logros y las aberraciones de nuestra incipiente democracia, y estamos obligados a corregir errores y defectos pero también a aportar soluciones.

Vivimos un momento crucial en el que o damos un salto que nos acerque a la modernidad o nos hundimos en el pasado pegajoso y balbuceante, para seguir practicando el deporte nacional que consiste en poner trampas y explosivos, que no sólo destruyen al adversario sino, progresivamente, a toda la nación. La política vernácula me recuerda el titular de un periódico norteamericano durante la guerra del Viet-Nam: “Hemos hecho contacto con el enemigo: nos encontramos a nosotros mismos”.