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Columnista
Invitado
La
corrupción
de la palabra
Andrés
Pérez B.
En una
entrevista reciente, el padre Ariel Ortega Gasteazoro, Secretario Ejecutivo
de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, señalaba que la Iglesia Católica
emite sus comunicados oficiales “cuando los obispos piensan que hay que
iluminar” (El Nuevo Diario, 25 de mayo, 2000). El pronunciamiento de la
Conferencia Episcopal del 24 de mayo del año en curso, sin embargo, levanta
una cortina de humo que oscurece la naturaleza del problema de la corrupción
en nuestro país. El uso por parte de la Conferencia Episcopal de artificios
retóricos que disfrazan la verdad sobre este grave problema, constituye
una burla contra el pueblo nicaragüense y una violación del Octavo Mandamiento.
El Catecismo de la Iglesia Católica en referencia a este mandamiento,
señala: “La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana,
tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad
es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en
decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y
la hipocresía” (Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 2468). Son tres
los recursos retóricos que utiliza la Conferencia Episcopal en su pronunciamiento:
la autoneutralización, los mensajes en clave, y lo que podríamos identificar
como “la socialización de la culpa.”
La Conferencia Episcopal intenta neutralizar la tímida crítica al gobierno
del Dr. Alemán que contiene el primer punto de su comunicado, atacando
a los medios de comunicación que precisamente funcionan como los principales
instrumentos de lucha con que cuenta el pueblo nicaragüense para combatir
los abusos de poder de sus gobernantes. En el cuarto punto de su comunicado,
la Iglesia cuestiona la credibilidad de “algunos medios de comunicación
social” y los acusa de anteponer los intereses políticos y económicos
de sus propietarios a la verdad. Esta infundada acusación debilita la
lucha contra la corrupción que la Iglesia, supuestamente, deplora. El
mismo presidente Alemán encontró en el documento de los obispos una oportunidad
para continuar sus ataques contra los medios de comunicación que critican
la actuación de su gobierno.
Es importante observar que la posición de la Iglesia Católica Nicaragüense
en relación con la labor de la prensa hablada y escrita de nuestro país,
contrasta con la del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) que en
su Declaración Ética contra la Corrupción, exhortó “a los constructores
de la sociedad, en especial a los responsables de los medios de comunicación
social, a unirse a nuestro compromiso para sembrar los auténticos valores
cristianos y desterrar la corrupción de la vida de nuestros pueblos” (Santiago
de Chile, 22 de mayo de 1997).
Otro de los recursos que utiliza la Conferencia Episcopal en su comunicado
es la presentación de verdades obvias que sirven de preámbulo al lanzamiento
de mensajes en clave. En vez de iluminar el sentido de la crisis actual,
este recurso retórico genera confusión e incertidumbre. El segundo punto
del pronunciamiento de los obispos, por ejemplo, expresa: “La violencia
que existe tanto en el campo como en las ciudades es sumamente grave y
pone en riesgo la seguridad personal y la convivencia social entre los
nicaragüenses. Agrava esta situación el que muchísimas veces esta violencia
no es evitada ni controlada por quienes teniendo la capacidad, el deber
y los medios no lo hacen.”
La misma estructura retórica —perogrullada seguida de un mensaje en clave—
aparece en el sexto punto del mensaje de la Conferencia Episcopal: “Se
va extendiendo peligrosamente en varios sectores de la sociedad nicaragüense
un sentimiento de incertidumbre y desorientación ocasionado, entre otras
causas, por la situación de pobreza y desempleo. Esto podría conducir
a una desesperanza, lo que permitiría que se cometieran errores del pasado.”
La
socialización de la culpa
El artificio retórico más peligroso e irresponsable que utiliza la Conferencia
Episcopal en su pronunciamiento es el que podríamos identificar como “la
socialización de la culpa.” En el primer punto de su comunicado, los obispos
destacan que “en muchos católicos, algunos de ellos ocupando altos cargos
de responsabilidad en el país, hay incoherencia entre su fe y su vida,
en cuanto a que sus obras se manifiestan opuestas a los Mandamientos de
Dios y de la Iglesia.” Este justo señalamiento de la especial responsabilidad
que tienen los gobernantes y funcionarios públicos ante la ley y el Evangelio,
sin embargo, se diluye a lo largo del pronunciamiento de la Iglesia y
desaparece completamente en la conclusión a la que llegan los obispos
cuando señalan: “Estamos en presencia de una sociedad moralmente enferma
que necesita ser curada mediante la conversión, es decir, el retorno al
Señor Jesucristo.”
El propio cardenal Obando y Bravo reafirmó el principio de la socialización
del crimen de la corrupción cuando declaró que para combatirlo “tenemos
que revisar e invitar a la conversión, al cambio de la sociedad entera”
(El Nuevo Diario, 25 de mayo, 2000). El padre Ariel Ortega Gasteazoro,
por su parte, contribuyó a socializar el pecado de la corrupción, cuando
argumentó: “Algunas veces se olvida que es corrupto el estudiante que
se copia en clase, o el que se hace pasar por enfermo, es corrupto el
profesor cuando no enseña lo que tiene que enseñar, el que altera los
precios de la pulpería...” (El Nuevo Diario, 25 de mayo, 2000).
El principio de la socialización de la corrupción que utiliza la Conferencia
Episcopal en su pronunciamiento contribuye a la impunidad de los poderosos,
ya que tiende a equiparar la responsabilidad de un Ministro o de un Presidente
corrupto, por ejemplo, con la de un estudiante que se copia o con la de
un pulpero que le sube el precio a los tomates.
Amparado bajo esta lógica, el ingeniero Enrique Bolaños, Vicepresidente
de la República y responsable del inoperante Comité Nacional de Integridad,
se apresuró a señalar que “todos estamos enfermos”, y que la corrupción
que corroe nuestro Estado es el resultado de un mal social de carácter
general. Por lo tanto, puntualizó Bolaños con sospechosa seriedad, la
solución al problema de la corrupción es la “cura y moralización de toda
la sociedad” (El Nuevo Diario, 27 de mayo, 2000).
Cristo ofreció a la humanidad la libertad basada sobre la verdad: “Conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres.” La Iglesia Católica Nicaragüense,
en el momento histórico y crítico que vive nuestro país, está obligada
a pronunciar y defender la verdad sin duplicidades y sin simulaciones.
De la verdad depende nuestra fe cristiana, la dignidad de nuestro pueblo
y el futuro de nuestra democracia.
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