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Nicaragua profunda

Sergio Caramagna

Juan Francisco López y su familia

Wanawana, montañas de Río Blanco, mediados de 1996. Gracias a Dios, alguien avisó a tiempo. Se levantaron de sus camas con la respiración contenida. Unas luces de linternas se comenzaron a ver desde lejos. Avanzaban zigzagueando en la montaña.

Era entrada la noche y debieron despertarse en medio del sobresalto y la sorpresa. Apenas hicieron tiempo para salir corriendo en dirección opuesta, en medio de la oscuridad. Los niños, la esposa y él. Corrieron agitadamente por el sendero buscando protección y distancia. Algún tiempo atrás, en la zona de Wilikito, se había producido el secuestro y posterior asesinato del productor Castro.

Juan Francisco y su esposa supieron quiénes habían perpetrado el crimen. Así lo informaron a la Policía de Río Blanco. La venganza por la denuncia no se hizo esperar mucho tiempo. Los culpables habían quedado libres inexplicablemente.

Tal como proceden los  criminales, de noche, desde las sombras, se dirigieron a la casa para cobrarse la cuenta. Y en estos casos no hay cómo perderse. La cuenta se paga con la vida.

A fin de evitar la persecución, a cierta altura del camino, decidieron meterse al monte y esconderse para esperar que los criminales se perdieran. El grupo agresor penetró en la vivienda ya desocupada, y luego de verificar que la familia no estaba, siguieron el sendero de salida. Avanzaban con determinación y casi en total silencio.

Todo era observado por la familia, que evitaba hacerse notar ya que de ello dependía la vida. Oraban con todo el sentimiento de que es capaz un ser humano cuando está al borde del abismo. Cuando ya no existe otro recurso. Los niños y ellos no evitaban que las lágrimas brotaran en un llanto contenido, donde los latidos del corazón retumban aceleradamente de manera insoportable. Cuando amaneció retornaron a su casa, temblando aún con una mezcla de cansancio y miedo.

Este relato es verídico. Lo escuchamos de boca de sus protagonistas no hace mucho tiempo. Ocurrió en las montañas de Río Blanco hace aproximadamente cuatro años. La familia de Juan Francisco López, su esposa y cuatro niños pequeños, vivió esa experiencia. La misma forma parte de cientos de testimonios que reflejan las penurias que han enfrentado comunidades campesinas.

Es justo apuntar, en honor a la verdad, que esta realidad dramática muestra índices de superación en los últimos años. Sin embargo, es muy grande la tarea que aún se debe realizar.

¿Qué concepto de gobernabilidad tendrá esta familia campesina? ¿Qué idea manejará acerca de la justicia, de la seguridad, de la democracia? Muchas veces nos interrogamos sobre la dimensión real de estos conceptos para la vida diaria de miles de familias que habitan gran parte del territorio.

Es que no hablamos el mismo idioma. Depende del lugar que ocupemos en el territorio. Pareciera que Nicaragua, con sus 130 mil kilómetros cuadrados, contiene realidades distintas. En lo cultural, lo económico, lo político. Algo así como tres países en uno. Y entre ellos, un abismo.

Una Nicaragua del Pacífico, la más conocida. La de los lagos y volcanes. Donde se ubican las ciudades importantes: Managua, León, Granada. Donde el Estado tiene presencia a través de sus instituciones. Donde se concentran las decisiones, la información y los medios de comunicación.

Una Nicaragua del Atlántico. Con amplias planicies. Con la persistencia de comunidades indígenas y caribeñas. Con muy poca densidad de población. Con una historia originada en una colonización diferente. Con lenguas que mantienen sus acentos ancestrales.

Y una Nicaragua central, montañosa, campesina. Que abarca desde Nueva Segovia hasta Río San Juan. Escenario del conflicto que enfrentó al país entero. Donde la posguerra ha sido larga y dolorosa. Y donde las instituciones del Estado recién ahora, comienzan a tomar contacto y desarrollarse lentamente.

Una Nicaragua mestiza que se ha formado, en gran medida, de manera espontánea. Y que ha crecido al ritmo del crecimiento vegetativo y del avance de la frontera agrícola. Donde los índices de pobreza alcanzan los niveles más preocupantes.

Desde Managua, muchas veces, se percibe a estas Nicaragua, la del Atlántico y la del Centro-Norte, como una zona oscura, peligrosa, difícil, dura. Casi como el infierno. Todavía hoy, a comienzos del nuevo siglo, poco se conoce de este territorio, de sus poblaciones y de su gente.

Enormes prejuicios tenemos sobre el mismo. Es más, esta Nicaragua no parece tener aún una representación importante en las instituciones. Los medios de comunicación rescatan esta realidad en espacios muy limitados. Esto, por otro lado, es común a muchos países hermanos del continente.

 

¿De qué hablamos?

Cuando hablamos de desarrollo, de democracia, de derechos humanos y de justicia, no tomamos en cuenta esa realidad. Y si lo hacemos, nos referimos a ella como si se tratara de un espacio vacío. Sin historia, sin gente. Como si en esa parte del país no hubiera comunidades que sienten y piensan como nicaragüenses.

Y nos equivocamos. Nuestros planes se basan más que nada en una exagerada ansiedad por lograr esos ideales expuestos más arriba, sin contar con la perspectiva de los hombres y mujeres que han "cocinado" la vida y la historia de esos lugares. No los tomamos en cuenta. No nos interesa conocer e incorporar sus puntos de vista y sus sentimientos sobre el país.

Si seguimos tratando de imponer, aunque sea con buenas intenciones, los ideales de democracia, derechos humanos y desarrollo, desde fuera de esa realidad, seguiremos equivocando el camino. Esos ideales deben surgir desde dentro de esas comunidades y desde dentro del corazón de los hombres y mujeres que las conforman.

Nos empeñamos en abstracciones y fórmulas. Y perdemos el sentido de la construcción auténtica de una comunidad organizada. Desde sus mismas raíces. Con sus problemas reales. Con su propia visión y pensamiento.